¿En qué creemos?

Nuestra fe cristiana determina todo lo que somos y lo que hacemos. Las creencias de los cristianos, también llamadas profesiones de fe o credos, están presentes desde los orígenes de la Iglesia. El Símbolo de los Apóstoles y el Símbolo niceno-constantinopolitano, fruto de los dos primeros Concilios de Nicea (325) y de Constantinopla (381), nos han transmitido las verdades de fe que sostienen nuestras creencias.

La Revelación

Dios viene al encuentro del hombre y se revela a sí mismo para dar a conocer el designio de amor que ha preestablecido desde la eternidad en Cristo (1 Corintios 15:28). Cada una de las etapas de la Revelación de Dios nos muestran su deseo de salvación para toda la humanidad (1 Timoteo 2:4), hasta la plena y definitiva etapa que Él mismo llevó a cabo en su Verbo encarnado, Jesucristo, plenitud de la Revelación de Dios (Hebreos 1:1-2).

El anuncio del mensaje de Cristo se realiza desde los comienzos del cristianismo por medio de la predicación (Mateo 28:19), y la verdad se da a conocer a todos a través de la Palabra de Dios transmitida oralmente por los Apóstoles (2 Tesalonicenses 2:15; 1 Corintios 11:2; 2 Timoteo 1:13-14) y a partir de finales del siglo IV por escrito en la Sagrada Escritura, la Biblia (Juan 17:17; 2 Timoteo 3:16).

La Revelación de Dios, aunque transmitida oralmente y por escrito, constituye un solo sagrado depósito de la fe (1 Timoteo 6:20; 2 Timoteo 1:14) que ha sido confiado por los Apóstoles a la Iglesia (Lucas 10:16; Efesios 3:10; 1 Timoteo 3:15) para la salvación del mundo.

El Creador

Creemos en un solo Dios porque Él se ha revelado como el Único (Deuteronomio 6:4) y no existe ningún otro (Isaías 45:22). Dios le revela a Moisés su Nombre misterioso: “Yo soy el que soy (YHWH)” (Éxodo 3:14). El nombre inefable de Dios, ya en los tiempos del Antiguo Testamento fue sustituido por la palabra Señor. En el Nuevo Testamento, Jesús, llamado el Señor, aparece como verdadero Dios (Filipenses 2:6-11).

Los cristianos son bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19), un solo Dios; el Padre todopoderoso, su Hijo único y el Espíritu Santo. La Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana, pudiendo encontrar sus huellas en la creación y en el Antiguo Testamento, y habiendo sido revelado plenamente por Jesucristo (Juan 1:1; Colosenses 1:15; Hebreos 1:3).

La creación, obra del Dios único (Génesis 1:1), es el comienzo de la historia de la salvación, que culmina en Cristo. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son el principio único e indivisible del mundo (Colosenses 1:16-17; Génesis 1:2), aunque la obra de la creación se atribuye especialmente a Dios Padre. Dios es el creador de todas las cosas visibles e invisibles: de todos los seres espirituales y materiales, esto es, de los ángeles y del mundo visible y, en particular, del hombre.

Jesucristo

La Buena Noticia es el anuncio de Jesucristo, “el Hijo de Dios vivo” (Mateo 16:16), muerto y resucitado. El nombre de Jesús, dado por el ángel en el momento de la Anunciación (Lucas 1:31), significa “Dios salva”. Expresa, a la vez, su identidad y su misión (Mateo 1:21). Por tanto, Jesucristo es el único Salvador (Hechos 4:12) y el único que ha sido ungido por Dios para la misión redentora de la humanidad.

Como hemos visto antes, el título de Señor en la Biblia designa de manera ordinaria al Dios soberano. Jesús se lo atribuye a sí mismo y revela su soberanía divina mediante su poder sobre la naturaleza, sobre los demonios, sobre el pecado y sobre la muerte, y sobre todo con su Resurrección. Las primeras confesiones de fe cristiana proclaman que el poder, el honor y la gloria que se deben a Dios Padre se le deben también a Jesús (1 Timoteo 1:17; Apocalipsis 5:12-13), el Nombre sobre todo nombre (Filipenses 2:9).

El Hijo de Dios se encarnó (Juan 1:14) en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, por nosotros y por nuestra salvación. La Iglesia expresa el misterio de la Encarnación afirmando que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Por tanto, María es verdaderamente Madre de Dios porque es la madre de Jesús (Lucas 1:42-43; Juan 2:1; 19:25) y ella colabora de manera especial al plan divino de la salvación por medio de su maternidad espiritual (Juan 19:26-27).

Espíritu Santo

El Espíritu Santo, que forma parte de la Santísima Trinidad (2 Corintios 3:17), “ha sido enviado a nuestros corazones” (Gálatas 4:6) a fin de que recibamos la nueva vida de hijos de Dios en Cristo (Romanos 8:9). Es representado con el agua viva, la unción, el fuego, la nube, la imposición de manos y la paloma.

El día de Pentecostés, Jesucristo glorificado infunde su Espíritu en abundancia y lo manifiesta como Dios con toda su grandeza y poder en la Iglesia, enviada para anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra (Hechos 1:8; 2:1-21). El Espíritu Santo es quien edifica, anima y santifica a la Iglesia, intercediendo constantemente con gemidos inefables por todos los creyentes (Romanos 8:26), de manera que nunca dejemos de dar testimonio de la Verdad de Cristo.

Por medio de los sacramentos, Cristo comunica su Espíritu a los miembros de su Cuerpo para dar frutos de vida nueva (Gálatas 5:22-23), según el Espíritu, actuando de esta manera en el corazón de los bautizados. Los carismas son dones especiales del Espíritu Santo concedidos a cada uno para el bien de todos y para la edificación de la Iglesia (1 Corintios 12).

La Iglesia

La Iglesia de Jesucristo es el pueblo de Dios (1 Pedro 2:9), el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:27) y el templo del Espíritu Santo (1 Corintios 3:16). La Iglesia tiene su origen y realización en el designio eterno de Dios, ya que fue preparada en la Antigua Alianza con la elección de Israel, fundada por las palabras y las acciones de Jesucristo, realizada mediante su Muerte redentora y su Resurrección, y manifestada más tarde como misterio de salvación por la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés.

La misión de la Iglesia es la de anunciar e instaurar el Reino de Dios inaugurado por Jesucristo, siendo ella misma el germen y el inicio sobre la tierra de este Reino de salvación que se consumará al final de los tiempos en el cielo. Es por eso que el Reino de Dios y el Reino de los Cielos se refieren a lo mismo en la Biblia (comparar Mateo 11:11-12 con Lucas 7:28, por ejemplo).

La Iglesia es una debido a su origen en un solo Dios y en un solo Señor Jesucristo (Mateo 16:18 y 1 Corintios 12:13); santa porque su autor es santo, a pesar de las imperfecciones propias de sus miembros (1 Juan 1:8-10 y 1 Corintios 6:1; 16:1); católica o universal porque en ella se manifiesta la plenitud de Cristo (Efesios 1:22-23) y es enviada en misión a todos los pueblos de la tierra (Mateo 28:19); y apostólica por su origen, ya que fue edificada sobre la base y el fundamento de los apóstoles (Efesios 2:20), por su enseñanza que es la misma de los apóstoles (2 Timoteo 1:13-14), y por su estructura apostólica que hoy se da en los sucesores, los obispos, en comunión con Pedro (Lucas 22:31-32 y Juan 21:15-17).

Vida eterna

Hemos sido creados por Dios para vivir por siempre y la vida eterna comienza después de la muerte, siendo precedida por un juicio particular (Lucas 16:22-31; 23:43), ratificada en el juicio final (Mateo 25:31-46). El cielo es el destino eterno preparado para quienes han vivido en la amistad de Dios, e implica estar con Cristo para siempre (Juan 14:3; Filipenses 1:23; 1 Tesalonicenses 4:17) y ver a Dios tal cual es (1 Juan 3:2), cara a cara (1 Corintios 13:12;  Apocalipsis 22:4).

La Biblia nos habla de una purificación final o fuego purificador (1 Corintios 3:13-15; 1 Pedro 1:7) para quienes mueren en la amistad de Dios y seguros de su eterna salvación, pero imperfectamente purificados para el cielo (Hebreos 12:14; Apocalipsis 21:27). También nos habla del infierno como la separación eterna de Dios (Mateo 5:29; 25:41; Marcos 9:43-48), de quienes han decidido libremente rechazar a Dios y morir en situación de pecado grave.

Dios es amor (1 Juan 4:8) y por eso “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4), de manera “que nadie se pierda sino que todos accedan a la conversión” (2 Pedro 3:9). La esperanza de los “cielos nuevos y tierra nueva” (2 Pedro 3:13; Apocalipsis 21:1) dan sentido a nuestra vida y enfocan nuestros pasos a la realización definitiva del designio de Dios (Efesios 1:9-10; Apocalipsis 21:3-5).

Evangelización

Jesús mandó a sus seguidores que fueran al mundo entero y proclamaran el Evangelio a toda la creación (Marcos 16:15), con el propósito de hacer “discípulos a todos los pueblos” (Mateo 28:19). La evangelización hoy es una tarea apremiante, rompedora, verdaderamente profética; evangelizar es un acto de amor, de compasión, de alabanza a Dios y de misericordia con el hermano necesitado.

Entendemos la evangelización como el anuncio directo de la salvación que Dios ofrece a los hombres por medio de Jesucristo, como el Señor, Salvador y Mesías, muerto, resucitado y glorificado (kerygma o primer anuncio); y la invitación a los seres humanos a acoger la gracia de esa salvación mediante la conversión personal a Jesucristo y la plenitud del Espíritu Santo.

Somos enviados a proclamar el Reino de Dios allí donde se encuentran las personas; sus casas, pueblos y ciudades (Mateo 10:7-13; Lucas 9:6). Los primeros cristianos realizaron esta labor de evangelización en todo tiempo y en todo lugar, de forma pública y también privada (Hechos 5:42; 20:20). Nosotros también deseamos dar gratis lo que hemos recibido gratis (Mateo 10:8) a través del testimonio personal y la evangelización, como auténticos testigos de Jesús (Hechos 1:8).

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