Seréis mis testigos (10/2016)

“Se les presentó Él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del Reino de Dios. Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días». Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?». Les dijo: «No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra».” (Hechos 1:3-8)

Ser “testigo” de Jesús es lo realmente importante para nosotros. Pero, ¿qué significa ser testigo? Según la Real Academia Española, testigo es aquella “persona que presencia o adquiere directo y verdadero conocimiento de algo”.

No es lo mismo “ser” testigo que “dar” testimonio, y lo que Jesús nos dice es: “seréis mis testigos”. Ser testigo apunta a nuestra identidad y dar testimonio apunta a lo que podemos hacer. Debemos comenzar por descubrir quiénes somos, ya que lo que somos determina lo que hacemos. Es prioritario y fundamental conocer bien nuestra identidad, ya que de ello depende todo lo demás.

Cuando leemos estos versículos que el evangelista Lucas recoge al inicio de su libro de los Hechos de los Apóstoles, viene a nuestra memoria el relato de los discípulos de Emaús recogido en su Evangelio (Lucas 24:13-35). Estos dos discípulos regresan a Emaús derrotados, abatidos y llenos de frustración. Son como reporteros que solo repiten lo que han oído decir a otros, hasta el momento en que se encuentran y reconocen a Jesús caminando con ellos. Su corazón comienza a arder cuando escuchan y acogen la Palabra de Dios (Lucas 24:32), y son transformados en testigos que necesitan regresar a Jerusalén para contar a los demás lo que les ha sucedido.

Nuestro corazón también arde y nosotros también nos convertimos en testigos cuando caminamos junto a Jesús, escuchando y compartiendo su Palabra de Vida. De esta manera, somos testigos “en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra” (Hechos 1:8); es decir, se trata de algo que comienza en mí pero que no termina en nosotros, nos trasciende para llegar a los demás.

(1ª Reunión: 20 de octubre de 2016)