Para siempre

Cuando yo era joven, y no tenía ataduras ni nada que pusiera coto a mi imaginación, soñaba con cambiar el mundo.

A medida que fui entrando en años y adquiriendo sensatez, me di cuenta de que el mundo no iba a cambiar. Así que reduje mis expectativas y me decidí a cambiar solo mi país. Pero este también parecía inamovible.

Al llegar al ocaso de mi vida, en un último y desesperado intento, me resigné a cambiar solamente a mi familia, los más cercanos a mí. Pero muy a pesar mío, no querían saber nada de eso.

Ahora que me encuentro en mi lecho de muerte, de golpe caigo en la cuenta de que, si hubiera cambiado yo primero, mi ejemplo habría transformado a mi familia. Con su inspiración y aliento, habría podido mejorar mi país. Y ¿quién sabe? Tal vez hasta habría podido cambiar el mundo.  (Anónimo)

Para siempre Él ha vencido y nos abrió el camino de la auténtica vida que llena de plenitud el corazón humano. Con la Resurrección de Cristo todo se ha revestido de vida y color, la luz de la primavera comienza a asomar con fuerza y toda la naturaleza se abre paso a la vida con sus flores y sus frutos.

Incluso hasta lo más endurecido e inerte como aquella enorme piedra que cubría la entrada del sepulcro, también abrió paso a la vida del Resucitado. Porque la vida no se puede mantener encerrada y aislada, sino que nos deja ver todo su esplendor. Tiemblan las piedras ante la gloria del Resucitado y se abren paso para que la luz brille y llegue a todos.

Nuestra propia libertad es lo único que puede frenar el poder de Dios y los frutos de la Resurrección en nuestra vida. Dejemos paso a la vida que nos trae alegría, paz y gozo, porque si Él fue capaz de transformar un madero seco y un instrumento de muerte en un árbol de vida, ¿qué no será capaz de hacer contigo y conmigo si se lo permitimos?

Comienza por ti para llegar a los demás y así cambiar el mundo…

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