Doctrina y creencias

Sus enseñanzas frente a la Palabra de Dios

Los Testigos de Jehová, como hemos podido comprobar en los dos apartados anteriores, no basan su doctrina en la Biblia como creen sus adeptos, sino en la teología de los adventistas y en la masonería, como la verdadera fuente de inspiración de sus enseñanzas. Además, como también hemos visto, tienen una traducción propia de la Biblia en la que podemos encontrar más de ochenta manipulaciones y falsificaciones de textos clave, con el fin de amoldarla a sus enseñanzas:

-La Biblia y la Tradición de la Iglesia

-Otras enseñanzas (el nombre de Dios, ¿murió Jesús en una cruz?, la sangre, las imágenes, ¿resucitó Jesús en su cuerpo humano?)


Trinidad

Objeciones de los Testigos de Jehová contra la divinidad de Cristo:

a) Mc 13,32; Mt 24,36

“Se demuestra que Cristo no es Dios porque no es omnisciente”; pero hay que distinguir la naturaleza humana de Jesús (se cansa, tiene sed y hambre, llora, etc.) y la naturaleza divina (Jn 16,30; 21,17; Col 2,3).

b) Jn 14,28

“El Padre es más grande que el Hijo”; porque en su naturaleza humana es inferior al Padre, pero como personas divinas son iguales porque son un mismo Dios (Jn 5,18-19).

c) Ap 3,14

“Cristo aparece aquí como el ‘primer ser creado’”; pero arjé aparece aquí como “principio” en calidad de príncipe o principado (Rom 8,38; Ef 1,21; 3,10; 6,12; Col 1,16; 2,10; Tt 3,1). En el libro del Apocalipsis, arjé se aplica a Dios (Ap 21,6; 22,12-13) en su calidad de fuente (principio) de todo.

d) Col 1,15

“Se interpreta ‘primogénito’ como primer creado, como criatura creada”; pero primogénito (prototokos) no es lo mismo que primer creado (protiktos). Primogénito en lengua hebrea no significa tanto primero en nacer, sino aquel que posee ciertos derechos de gobierno, herencia o realeza (Sal 89,27; Jer 31,9; Gen 48,13-14; Ex 4,22). Cristo, por tanto, existe con anterioridad a todo, es el principio (Ap 22,12-13) y el creador de todo.

e) Pro 8,22

“Aquí se habla de Cristo y por tanto es una creación de Yahveh”; pero aquí no se habla del Mesías en ningún momento ya que esto es un hermoso poema con prosopopeya (personificación de una cualidad para crear un efecto literario; se personifica a la sabiduría). Las profecías mesiánicas (Is 52,13ss) siempre contienen referencias que podemos encontrar en la vida de Jesús, pero aquí se dice que la sabiduría edificó una casa, que ha labrado siete columnas, etc. (Pro 9,1-2), algo que no tiene relación alguna con Cristo.

f) Jn 1,18

“Como a Dios no lo ha visto nadie y a Cristo sí lo vieron, no puede ser éste Dios”; pero no se habla de visión física sino espiritual. Aunque fuera visión física tampoco negaría la Trinidad ya que lo vieron los discípulos fue su naturaleza humana y no su naturaleza divina.

g) Sal 2,7

“Hubo una época en que el Hijo no existió y luego sí”; pero esta fórmula se utilizaba en la coronación de los reyes de Israel y se indicaba que el monarca pasaba a ser “Hijo de Yahveh” de una forma especial. La Iglesia primitiva en el Nuevo Testamento interpreta este texto (Hch 13,30-33). Para Pablo entonces, el Salmo 2 no enseñaba que Cristo fuera un ser creado sino que un día resucitaría.

h) Jn 8,42; Jn 17,3

“Cristo ha salido y viene de Dios, por lo que no puede ser Dios”; pero salir del Padre y ser enviado por el Padre no quiere decir ser menos que el Padre. El ser enviado se da entre personas de igual dignidad.

i) Jn 20,17

“Jesús dice que sube al Padre y que es su Dios, por lo que entonces él mismo no puede ser Dios”; pero aquí no se deduce que Cristo no sea Dios ya que en el supuesto de ser Dios con el Padre puede decir lo mismo.

j) 1 Cor 8,6

“Pablo dice que no hay más que un solo Dios, el Padre”; pero vemos que Pablo asegura el monoteísmo (un solo Dios). Reafirma que ese solo Dios es el Padre, y el mismo hecho de ser Padre incluye la existencia del Hijo, cosa que en el Antiguo Testamento no se podía intuir. Si Pablo solo quisiera afirmar la existencia de un solo Dios, le bastaba con decirlo, sin tener que añadir el Padre, para luego señalar que hay también un solo Señor Jesucristo. Manifiesta claramente lo que en otros lugares se enseña, que Jesús es inseparable del Padre, el Hijo, el engendrado, de la misma naturaleza del Padre. Todas las cosas proceden del Padre, fuente originaria de toda vida, y paralelamente al Padre está ‘el único Señor’, el Hijo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros.

k) 1 Cor 11,3

“La cabeza de Cristo es Dios y por ello Cristo no puede ser Dios mismo”; pero esto se ha de entender en el conjunto de textos comentados anteriormente, y que claramente hablan de la divinidad de Jesús. Por supuesto Cristo también era hombre y como tal, inferior al Padre.

l) “El arcángel San Miguel es Cristo en su puesto celestial”

Este disparate no se recoge en ningún texto bíblico. “El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo,…” (1 Tes 4,16). Este texto bíblico recoge con claridad que Cristo no es el arcángel ya que cuando sea dada la voz de ese arcángel, el Señor mismo (Cristo) bajará.

Como la divinidad de Cristo aparece bien sentada en el Nuevo Testamento, para negarla se ven forzados a falsificar casi todos los textos bíblicos en los que Jesús es revelado como Dios. La expresión “Hijo de Dios” (el hijo de un animal es un animal, el hijo de un hombre es un hombre, el Hijo de Dios es Dios) está en el Nuevo Testamento más de 50 veces y equivalentemente otras tantas; luego, si es el Hijo de Dios, por lógica es Dios (en la cultura judía el hijo era como el padre, hacía lo mismo que el padre y representaba a su padre aunque eran dos personas diferentes). Y la Biblia jamás afirma que Jesús sea un ángel por más notable que le hagamos, pero sí afirma que es superior a los ángeles (Hb 1,4).

Cristo es Dios y no un dios

a) Is 43,10

Enseñanza monoteísta de la Biblia: solo hay un único Dios, no ha habido ninguno antes ni lo habrá después. No enseña que hay un gran Dios (Jehová), otro dios inferior y creado (el Mesías) y otra serie de dioses, sino que solo hay uno y ninguno más (Is 44,6; 45,5; 45,14b).

b) Rom 9,5

Cristo según la carne es Dios bendito.

c) Flp 2,5ss

Cristo era igual (no inferior) a Dios, pero no se aferró a ello.

d) Col 2,9

En Él (Cristo) habita corporalmente la plenitud de la divinidad.

e) Tt 2,13

Esperando la venida de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.

f) Hb 1,8

El propio Padre se dirige a la persona del Hijo como Dios.

g) 2 Pe 1,1

En justicia del Dios nuestro y Salvador Jesucristo.

h) Jn 20,28

Mi Señor y mi Dios.

i) 1 Jn 5,20

…Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la Vida eterna.

j) Is 40,3

Profecía de Isaías en la que dice que alguien (Juan el Bautista) prepararía el camino de Yahveh.

k) Is 35,4

Dios mismo vendrá y os salvará.

l) 1 Tim 3,15-16

Grande es el Misterio de la Piedad: Dios ha sido manifestado en carne.

m) Jn 10,28-30

Yo les doy (a mis ovejas) vida eterna. Yo y el Padre somos una sola cosa. Una afirmación tan categórica supone algo más que la unidad de pura concordia. Los judíos al oír esto quieren apedrearle, “porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios” (Jn 10,33). Jesús no retracta lo dicho, sino que lo confirma en su explicación. Otra falsificación de los Testigos de Jehová: “te haces a ti mismo un dios”. Contra toda lógica, porque los judíos no le apedrean porque se haga a sí mismo “dios” como podía ser un ángel, sino porque se hace “Dios”. Es imposible sacar del texto otra intención distinta de ésta, se hacía pura y simplemente “Dios” porque lo era. “Por eso los judíos trataban con mayor empeño en matarle,… sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios” (Jn 5,18).

n) Mt 28,17

“Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron”. Otra falsificación: “cuando lo vieron le rindieron homenaje, mas algunos dudaron”. Si solo era rendirle homenaje, ¿de qué dudaban cuando durante tres años había realizado ante ellos las maravillas de Dios? El verbo proskynéo se usa para indicar la adoración a Dios, los ídolos, el diablo.

o) Jn 1,1

El pasaje en griego es demasiado claro, así es que la Watchtower ha inventado una regla gramatical: según ellos, en griego no existe palabra para indicar la idea de “uno” y por lo tanto, cuando una palabra no lleva el artículo determinado (jo, je, to, en griego; él, la, lo, en castellano) debe colocarse delante la palabra “un, una”. Esta regla es falsa, pero la Watchtower no la sigue tampoco en el resto de los casos (Jn 1,6; 1,12; 1,13); ya que la ausencia de artículo determinado en el griego original no es suplida por “representante de un dios” sino “representante de Dios” (Jn 1,6), ni por “hijos de un dios” sino “hijos de Dios” (Jn 1,12), ni por “voluntad de un dios” sino “de Dios” (Jn 1,13).

En griego sí hay palabras para expresar la idea de “uno, una” sin que tenga que omitirlas el traductor. Una de ellas es eis, mia, en (uno, una, uno) que Juan utiliza varias veces (Jn 1,40; 6,8; 6,22; 6,70-71; 7,21; 7,50; 9,25; 10,16; 10,30; 11,49-50; 11,52; 12,2; 12,4; 13,21; 13,23; 17,11; 17,21-23; 18,14; 18,22; 18,26; 18,39; 19,34). La otra es tis, ti (uno-a-o o alguno-a-o), que también es utilizado varias veces en el Nuevo Testamento (Lc 10,25).

Si Juan hubiera deseado decir que la Palabra (Cristo) era un dios, hubiera recurrido al empleo de eis o de tis.

La construcción poética de Jn 1,1 no permite traducir “un dios”. Los 18 primeros versículos de Juan formaron en su conjunto un canto (muy posiblemente antifonal) que se utilizaba en las reuniones de la Iglesia primitiva. Tenía una estructura (muy clara en los 3 primeros versículos) de especial belleza, puesto que cada frase terminaba con la misma palabra con que comenzaba la siguiente: “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y Dios era la Palabra”.

Como ya hemos visto anteriormente, la Watchtower basa su traducción de este versículo y del Nuevo Testamento en la versión espiritista de Johannes Greber, sin tener en cuenta el texto griego original (cualquier persona puede consultar los textos griegos originales disponibles para comprobar la veracidad de lo expuesto aquí).

Unigénito y Engendrado

En Jn 1,14 se dice que Cristo tiene la gloria del unigénito del Padre; es decir, el único engendrado (monoguenés) y por lo tanto no creado. 1 Jn 5,18 dice que es “el engendrado de Dios” (guennetheís) y también Hb 1,5; 5,5. Tanto en 1 Juan como en Hebreos se usa el verbo guennáo, que significa engendrar; sin embargo, la Wachtower traduce un mismo verbo de dos formas distintas (“el que nació” y “he llegado a ser tu padre”) porque no quiere que sea engendrado, sino creado.

No hay duda, si Cristo es el Hijo de Dios, engendrado por el Padre, es de la misma naturaleza que el Padre y por lo tanto Dios. Leyendo su folleto El Verbo (1962) en la página 42, encontramos esta afirmación: “Jesucristo era el Hijo de Dios. Este mismo hecho de por sí señala a que Jesús como Hijo dependía de Dios y no era igual a Dios. Un hijo no es mayor que su padre sino que debe honrar a su padre.” El sofisma lo desmonta un niño. Evidentemente un hijo no es mayor que su padre, ni tampoco menor. El padre no tiene más naturaleza o mejor que el hijo, los dos son humanos. Debe honrar a su padre porque procede de él, no por ser inferior en naturaleza. Jesús es Hijo, engendrado, y posee la misma naturaleza divina de quien le engendra; es Dios. Como hijo, tiene que honrar a su Padre.

Salvador

Si Cristo no es Dios, tenemos dos Salvadores. Pero Is 43,11 afirma que solo hay un Salvador (Yahveh) y 2 Tim 1,10 afirma también que Cristo es nuestro Salvador.

El Primero y el Ultimo

En Is 44,6 vemos que Yahveh es el Primero y el Ultimo, y en Ap 22,12-16 vemos también que Cristo es el Primero y el Ultimo.

El Creador

Dios sin ningún tipo de ayuda creó todo (Is 44,24; 45,12). Los apóstoles eran judíos y conocían estos pasajes y sabían que Dios no necesitaba ayuda ni colaboración en la creación. Si Cristo no era Dios, ¿por qué afirmaron que había creado todo? (Jn 1,1-3; Col 1,16-17).

Señor

Título de Yahveh en la tradición de Israel. Los judíos tenían claro que solo había un Señor y que era Yahveh. Con esto, se ve claro porqué llaman a Cristo el Señor sus apóstoles, que también eran judíos.

Adoración

Para los judíos era abominable adorar a otro que no fuera Yahveh (Dt 6,13; 10,20). La Watchtower cambia entonces “adorar” a Jesús por “rendir homenaje”, pero hay un texto que no falsifican en la versión del Nuevo Mundo de 1967 y traducen por adorar: Hb 1,6.

El Espíritu Santo es Dios

La Biblia enseña que el Espíritu Santo es persona: porque enseñará todas las cosas (Jn 14,26); porque da testimonio (Jn 15,26); porque guía a la Verdad (Jn 16,13); porque toma decisiones (Hch 15,28); porque da dones (1 Cor 12,7); porque mentirle a Él es mentir a Dios (Hch 5,3-4); porque dice cosas (Hch 13,2); porque intercede por nosotros (Rom 8,26); porque todo lo sondea y lo entiende (1 Cor 2,10); porque clama (Gal 4,6); porque se le puede entristecer (Ef 4,30).

En Mc 3,29 se dice que hay un pecado contra el Espíritu Santo. No se puede pecar contra algo que no es persona, y en sentido estricto solo se peca contra Dios.

En Ap 2 y 3 aparece el Espíritu Santo siete veces hablando a las Iglesias. Conoce, reprende, aprueba, exhorta, anima. Una fuerza ciega no actúa así. Tiene que ser Alguien y no algo. “El Espíritu y la Novia dicen: ¡Ven!” (Ap 22,17).

En definitiva, el Señor es el Espíritu (2 Cor 3,17-18).

La Trinidad en el Antiguo Testamento

Hagamos al hombre a nuestra imagen (Gen 1,26-27). Ha llegado a ser como uno de nosotros (Gen 3,22). Bajemos y confundamos su lenguaje (Gen 11,5-9). ¿A quién enviaremos? (Is 6,8).

Formulaciones trinitarias en el Nuevo Testamento

Mt 28,19; 2 Cor 13,13; Lc 10,21; Hch 20,28; Rom 15,15-16; 15,30; 1 Cor 6,11; 2 Cor 1,21-22; Gal 4,4-6; Ef 2,18; 2,22; 4,6; Tt 3,5-6; Hb 9,14; 1 Pe 1,2; 3,18; 4,14; 1 Jn 4,2; 2 Jn 3; Judas 20-21.

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Alma humana y su destino

Objeciones de los Testigos de Jehová contra la inmortalidad del alma y la vida tras la muerte:

a) Ez 18,4; 18,20

“El alma que peca ella misma morirá, por lo tanto no existe la inmortalidad del alma”; pero no han sabido distinguir entre muerte espiritual y muerte corporal. La muerte tiene una idea de separación y la muerte corporal es la separación del alma y el cuerpo (Gen 35,18). La muerte del alma es la muerte espiritual que se refiere al pecado que le separa de Dios (Ef 2,1).

b) St 5,20

“Salvará su alma de la muerte”; pero se refiere a salvar su alma de la muerte en sentido espiritual, de forma que se vuelva de su estado pecaminoso en el que está separado de Dios.

c) Ecl 9,5

“Los muertos están inconscientes y por lo tanto no hay vida tras al muerte”; pero el contexto de Eclesiastés hasta el capítulo 12 muestra lo que el hombre carnal ve debajo del sol y la amargura que puede tener si no cree en lo que hay arriba del sol. Además la expresión hebrea traducida es ynm yodtsym m´umh, literalmente ‘no saben nada’ y no estar inconsciente como la Watchtower traduce. Es posible no saber nada y estar bien vivo.

d) Sal 146,4

“Como tras la muerte el ser humano deja de pensar, queda inconsciente y aniquilado”; pero no se refiere a actividad mental o psicológica porque la palabra hebrea es stnio y significa ‘sus proyectos’, no pensamientos como la Watchtower traduce. El Salmista nos quiere decir que no pongamos la confianza en los hombres poderosos (versículo 3) porque algún día mueren y sus proyectos desaparecen con ellos (versículo 4). Que nuestra esperanza descanse en Dios (versículos 5 y siguientes).

e) Ecl 12,7

“Vuelva el polvo a la tierra, a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio”; pero vemos que el espíritu es algo distinto y separable. Cómo vuelve a Dios no queda del todo claro, ya que en el Antiguo Testamento los conceptos sobre el alma y su destino quedan en cierta opacidad hasta que llega Jesucristo (Nuevo Testamento) que nos lo enseña con claridad.

f) Lev 23,30

“El alma puede morir o ser muerta”; pero esta cita bíblica habla de que Dios hará perecer al que haga algún trabajo en el día de la Expiación, es decir que morirá. Nada acerca del alma.

g) Sal 6,5

“En la muerte, nadie de ti se acuerda; en el seol, ¿quién te puede alabar?”; pero no habla de la desaparición del alma, sino de la muerte; destrucción del cuerpo. Es verdad que los antiguos israelitas representaban esa morada de los muertos (sepulcro, seol) como un lugar oscuro, situado en lo más profundo de la tierra. En aquel “mundo del silencio” (Sal 115,17) los muertos no podían ejercer ninguna actividad, ni mucho menos alabar a Dios. Más tarde, estas antiguas creencias fueron sustituidas por la fe y la esperanza en la vida tras la muerte ante el Señor (2 Cor 5,8) y la resurrección de los muertos al final de los tiempos.

h) Jn 11,11-14

Esta cita bíblica solo refiere la muerte de Lázaro, pero que estuviera muerto no supone que su alma dejara de existir.

Inmortalidad del alma y vida tras la muerte

a) Job 14,22

Existe el cuerpo por un lado y el alma por otro.

b) Mt 10,28

No temáis a los que matan el cuerpo, peor son los que matan el alma.

c) 1 Cor 15,44

Hay un cuerpo mortal y un cuerpo espiritual.

d) 1 Tes 5,23

Somos espíritu, alma y cuerpo.

e) 1 Pe 1,9; 1,22; 2,11

Tenemos alma.

f) Ap 20,4

Juan ve las almas de los que fueron decapitados por el testimonio de Jesús y la Palabra de Dios.

g) Jn 6,63

Contrapone la carne y el espíritu, dos cosas distintas y separables.

h) 1 Cor 2,11

El espíritu del hombre está en él; tiene espíritu además de cuerpo.

i) Hb 9,27

Después de morir viene el juicio. No se juzga al cuerpo que ya no tiene vida, se juzga al alma que es algo distinto del cuerpo y separable que no se destruye.

j) Ap 6,9-11

No parece que quede la menor duda de lo que pasa con las almas de los muertos (justos en este caso). No son mortales ni han dejado de sentir, sino que además claman ante Dios, pueden esperar y pronuncian frases completas.

k) 1 Re 17,21-22

El alma volvió al niño y revivió.

l) 2 Cor 5,8

Salir del cuerpo físico que es mortal.

m) 1 Pe 3,18

Muerto en carne, vivificado en espíritu (St 2,26; Rom 8,10).

n) Flp 1,21-23

Si el alma de Pablo deja de existir con la muerte, ¿cómo es que anhela morir para estar con Cristo, supuesto que “no” va a estar con Cristo?

o) Mt 17,1-8

En la Transfiguración del Señor aparecen Moisés y Elías hablando con Jesús. ¿No están muertos? ¿Los resucita Dios para la ocasión, y después los manda nuevamente al sepulcro? Lo que allí aparece es el alma viva, no su cuerpo como simple polvo.

p) Lc 23,42s

El ladrón le suplica a Jesús que se acuerde de él cuando venga con su Reino, y Jesús le dice: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. La respuesta a la fe del buen ladrón es que hoy mismo va a estar con Cristo en el Paraíso del Cielo, no su cuerpo, su alma. Es tan claro este texto bíblico que la Watchtower lo falsea con descaro, y contra toda lógica hacen a Jesús decir una insensatez. Cambiando la simple puntuación, les sale: “Verdaderamente te digo hoy: estarás conmigo en el Paraíso”. ¿Qué sentido tiene enfatizar “hoy”? Bastaría con: “verdaderamente te digo: estarás conmigo en el Paraíso”. Pero según los Testigos de Jehová, ¡Jesús le miente al malhechor! porque Jesús nunca volverá a estar en el paraíso tierra, donde según ellos estará el buen ladrón y no en el Cielo.

q) Hch 7,59

Esteban hace esta oración: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. ¿Qué quiere decir, que lo recibirá allá por el año 2000? Y ¿qué espíritu es ése, si no es el alma?

Objeciones de los Testigos de Jehová contra el infierno y la resurrección de injustos:

a) “Sheol en el Antiguo Testamento y Hades (Gehenna) en el Nuevo Testamento sería infierno no como lugar consciente donde se recibe un castigo, sino que equivaldría a ‘sepulcro’ (Sheol y Hades) y a un basurero a las afueras de Jerusalén (Gehenna)”; pero ni Sheol ni Hades significan sepulcro o tumba. En hebreo sepulcro sería qbr que aparece en el Antiguo Testamento (Gen 23,4) y en griego sería mnemeion que aparece en el Nuevo Testamento (Lc 24,2).

b) Job 14,13; Ap 20,13-14

“El único castigo es la destrucción”; pero ninguno de estos textos bíblicos prueba esa destrucción.

c) “Los injustos no resucitarán y seguirán en su estado de inconsciencia. Además, ¿qué finalidad tiene resucitar a unos seres inconscientes para volverlos a deshacer eternamente? Mejor que se queden como están sin sentir ni padecer”; dicen los Testigos de Jehová.

Todos resucitarán

a) Dn 12,2

Todos resucitarán: unos a vida eterna y otros a oprobio eterno.

b) Jn 5,28-29

Resucitarán los injustos al castigo y los justos a la vida eterna.

c) Hch 24,15

Todos resucitarán.

El infierno es un lugar consciente

a) Is 14,9-10

El rey de Babilonia desciende al Sheol y provoca una reacción entre los que ya están allí. Además se dirigen a él con gritos y preguntas.

b) Ez 32,21

Se anuncia el descenso al Sheol del faraón de Egipto y las voces que se alzarán hablándole a él y a sus ayudantes.

c) Mt 8,12; 13,42; 13,50; 22,13; 24,51

En el horno de fuego será el llanto y crujir de dientes. El castigo recibido no es un estado de inconsciencia; es llanto y crujir de dientes, algo que solo puede experimentar alguien consciente.

d) Mt 18,8

Castigo para los injustos simbolizado por medio del fuego que no termina.

e) Mc 9,47-48; Mt 5,22

Fuego en la gehenna.

f) Lc 16,21-24

El rico se encuentra tras su muerte en medio de tormentos. Es una parábola, esto es, un relato absolutamente verosímil y tomado de la vida cotidiana que Jesús usa en muchas ocasiones. Los apóstoles no le preguntaron acerca de su significado ya que tenían clara la idea de un infierno consciente para los malvados.

g) Mt 25,46

El castigo eterno. La Watchtower traduce por “cortamiento eterno”. En griego castigo es kólasis como aparece en 1 Jn 4,18 donde la Watchtower sí traduce bien porque no le compromete el texto. En Hch 4,21 también traduce bien por “castigar” ya que de lo contrario habría sido malsonante traducir por “cortar”. Pero en 2 Pe 2,9 vuelven a traducir incorrectamente por “cortar”, siendo la palabra original en griego kólasis (castigo).

h) Mt 11,22

El castigo varía en intensidad de unos a otros (Mc 12,40; Lc 20,47; 1 Pe 2,20).

i) 2 Tes 1,6-9

El castigo simbolizado en el fuego (infierno), será la pena de una ruina eterna que sufrirán los que no obedecen al Evangelio de Jesucristo. Significará estar alejado de la presencia del Señor.

j) Ap 14,10-11

Expresado en el vino del furor de Dios, en el infierno serán atormentados con fuego y azufre donde no habrá reposo ni de día ni de noche.

Objeciones de los Testigos de Jehová contra la esperanza del cristiano en el Cielo:

“Solamente 144.000 personas irán al cielo, mientras que la inmensa mayoría de los salvos (‘gran muchedumbre’), quedará en un paraíso en la tierra. La mayoría de las lecturas bíblicas en las que se habla de la esperanza en el cielo, se refieren a los 144.000”; pero esta división en la que la mayoría de las lecturas no son para la inmensa mayoría de los cristianos repugna al sentido común y al espíritu cristiano. A parte de esto, según la Biblia, el destino común es el Cielo, no la tierra.

a) Mt 5,4

“Dice que poseerán en herencia la tierra”; pero la frase ‘poseer la tierra’ está en el Salmo 37 que se refiere a los tiempos mesiánicos, y los bienes mesiánicos incluyen el Cielo para todos.

b) 1 Cor 15,20-22

“La esperanza en la resurrección para vivir en un paraíso en la tierra”; pero esta cita bíblica no prueba esa resurrección para la tierra, sino más bien lo contrario. Pablo partiendo de la resurrección de Cristo asegura nuestra propia resurrección. “Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó” (versículo 16); “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron” (versículo 20); “luego, los de Cristo en su Venida” (versículo 23). De donde se deduce que, como Cristo resucita para el Cielo y Él es primicia, nosotros seguiremos el mismo camino, el del Cielo.

c) Jn 5,28s; 11,25-26

Estos textos bíblicos tampoco nos enseñan que la resurrección sea para quedarse en la tierra. Se entiende perfectamente en el supuesto de una resurrección para el Cielo.

d) Ap 7

“Solo 144.000 testigos irán al cielo, los demás Testigos de Jehová vivirán eternamente en una paraíso en la tierra”; pero la Watchtower interpreta sin ningún sentido el versículo 4. De manera literal una parte (144.000) y de manera simbólica la otra (las 12 tribus).

Entre las tribus, no se nombra la de Dan, quizás porque en la tradición judía se la consideraba maldita, como patria del Anticristo. Por el contrario, se nombra a José, y a Manases, su hijo; pero no se nombra a su otro hijo Efraim. No sabemos por qué. Los 144.000 podrían simbolizar a los justos del Pueblo de Israel; o bien a toda la Comunidad de los cristianos, el nuevo ‘Israel de Dios’ (Gal 6,16; 1 Pe 1,1).

Si se interpreta literalmente el número de 144.000, hay que decir que eran judíos; pero los Testigos de Jehová declaran que esta parte no debe tomarse en forma literal, sino espiritual, y que significa ‘Israel espiritual’. Cierto, pero el ‘Israel espiritual’ se compone de todos los que siguen a Jesús. Además de esto, subrayamos el hecho de que Dios no divide a los salvados en dos grupos (Jn 10,16; 11,52; Ef 3,4-6), ya que su propósito es reunir a los creyentes de todas las naciones en un solo grupo unido.

Algo muy importante que se dice en Ap 14,4 con relación a éstos: “han sido rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero”. En la Biblia, la palabra ‘primicias’ se refiere a los primeros de algo, a los que después seguirán muchos más. Bajo la ley mosaica, al iniciarse la cosecha debían ofrecer a Dios las primicias de la cosecha (Ex 23,19); es decir, los primeros frutos. Si los 144.000 están en el Cielo como primicias, muchos otros irán al Cielo también.

Esperanza del cristiano en el Cielo

a) Ap 7,9

Una inmensa muchedumbre distinta de los 144.000 (o quizás se trate de los mismos ya que el apóstol Juan escribe en el versículo 4 “y oí el número” y escribe en el versículo 9 “después de esto miré y vi una gran multitud”, ya que un grupo de 144.000 personas juntas seguramente parezca una gran multitud a cualquier ser humano que lo vea y resulte algo incontable humanamente hablando) está en el Cielo frente al trono de Dios.

Hasta el año 1930 la Watchtower enseñó que la gran muchedumbre estaba en el Cielo (Apocalipsis, 1988, página 120; Estudios de las Escrituras I, 1886; El Plan Divino de las Edades; Luz tomo I, 1930) y a partir de 1935 enseña que ‘la gran muchedumbre’ no iría nunca al Cielo (“Asamblea de Washington”, junio de 1935; Apocalipsis, páginas 122,125). Por un lado, la Biblia nos dice que los 144.000 “cantaban un cántico nuevo delante del trono” (Ap 14,3); es decir, en el Cielo y por otro nos dice que la gran muchedumbre estaba “delante del trono y en la presencia del Cordero” (Ap 7,9); es decir, en el Cielo. Además, antes de esto, nos dice el apóstol Juan en Ap 4,2: “vi un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado”.

b) Mt 5,3; 5,10; 5,12

Grande será su galardón en los Cielos.

c) 2 Cor 5,1

Tendremos una casa de Dios en los Cielos.

d) Col 1,5

Esperanza reservada en los Cielos (Mt 6,19-20; 19,21; Lc 12,33; Ef 1,3).

e) Mt 5,8; Ap 22,3-4

Todos los limpios de corazón verán a Dios, que está en el Cielo (Mt 6,9), y verán su rostro.

f) Ef 2,5-6

Nos hizo sentar en los Cielos en Cristo Jesús.

g) Jn 14,2

“En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho porque voy a prepararos un lugar”. Muchas, no son 144.000.

h) Rom 8

Si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo. No se está refiriendo a los 144.000 ya que Pablo se dirige a los Romanos y en ellos a todos los cristianos.

i) 1 Jn 3,1-2

Seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es.

j) Mt 8,11; 18,3; Mc 12,25; Lc 6,23; Flp 3,20; 2 Tim 4,18; Hb 11,16; 1 Pe 1,4

Esperanza del cristiano en el Cielo.

Esperanza de estar con Cristo

a) Col 3,1-2

“Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra”. Mientras que el anhelo de los Testigos de Jehová es quedarse en un paraíso en la tierra que no tiene ninguna base bíblica (no aspiran a bienes espirituales sino puramente materiales), el deseo auténtico y la verdadera esperanza de los cristianos es estar con Cristo en el Cielo.

b) Flp 1,21-23

Para Pablo su vida es Cristo, todo lo que puede anhelar y desear es estar con Cristo; por eso él mismo dice que la muerte es una ganancia, porque muriendo será llevado a estar con Cristo.

c) Jn 17,24

Jesús desea que donde Él esté, también estemos los cristianos.

d) 1 Tes 4,14-17

Seremos arrebatados e iremos al encuentro del Señor.

e) Hch 7,59

Mientras apedreaban a Esteban, decía: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”.

f) Lc 23,43

Hoy estarás conmigo en el paraíso.

g) 2 Cor 12,1-4

El Paraíso no es una parcela en la tierra, sino algún lugar en el Cielo que Pablo pudo contemplar en un arrebato místico.

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Salvación y Nueva Vida

Ya hemos visto que los Testigos de Jehová creen que solo 144.000 de los salvados irán al Cielo y enseñan que solo ese número de personas puede nacer de nuevo. Sin embargo, la Biblia enseña que algunas personas se salvarán y otras no. Si te preguntaran cómo podemos estar entre las personas salvadas, ¿podrías dar una respuesta basada en la Biblia?

Dios explica que algo debe suceder antes que podamos siquiera ver el lugar donde Él reina: “el que no nace de nuevo no puede ver el Reino de Dios” (Jn 3,3). Dos versículos después, en Jn 3,5, se repite el pensamiento de otra forma: “no puede entrar en el Reino de Dios”.

El Reino de Dios anunciado por Jesús no es un reino político sino espiritual, que ya está entre nosotros y que será consumado en su fase definitiva del Cielo. Este fue el mensaje fundamental de Jesucristo, el anuncio de la llegada del Reino de Dios (Mt 3,2; 4,23; 5,3; 5,10; 6,33; 12,28; 13,24; 13,33; 13,41; 13,44; 13,47; 23,13; Lc 9,1-2; 10,9; 17,20-21; Hch 8,12; Rom 14,17; Col 1,13).

La Palabra de Dios no menciona ningún otro medio para entrar al lugar donde Él reina. El siguiente versículo explica que el nuevo nacimiento es espiritual, no físico. “Lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu” (Jn 3,6). Por tercera vez en cinco versículos, Jesús dice: “Tenéis que nacer de nuevo” (Jn 3,7). Esta tercera vez, la traducción del Nuevo Mundo de los Testigos de Jehová muestra aún más claramente que nadie está excluido: “No te maravilles a causa de que te dije: ustedes tienen que nacer otra vez” (Jn 3,7).

En este capítulo 3 del Evangelio de Juan, encontramos la conversación sostenida por Jesús con un Maestro de la Ley, Nicodemo. Éste, por medio de obras, estaba tratando de ganar su salvación; sin embargo, Jesús le muestra que es imprescindible “nacer de nuevo” para entrar en el Reino de Dios y recibir el regalo de la salvación (Ef 2,8-9). En 2 Cor 5,17 encontramos: “el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo”, que nos aclara cualquier duda sobre lo que significa ser cristiano y estar en Cristo.

Porque la auténtica definición de lo que es el cristianismo nos la da el propio Jesús en el Evangelio de Juan 10,10: “Yo he venido para que tengan vida y una vida abundante”. El mismo Jesús dice: “Si conocieras el don de Dios” (Jn 4,10); es decir, si supieras lo que Dios tiene para ti, si conocieras la vida que Dios quiere darte… Una Vida Nueva a la que es necesario nacer de nuevo.

Esta es la invitación que el Señor quiere hacerte hoy: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa…” (Ap 3,20).

La consecuencia de esta Nueva Vida es que se produce un cambio en las personas, por medio del Espíritu Santo que recibimos (Ez 36,24-27; Hch 1,4-5; 2,1-4; 19,1-7).

El primer cambio es que ahora sabemos que somos hijos de Dios (Rom 8,14-17). Esto no significa “saber” mucho acerca de Dios, sino conocer a Dios de manera que podamos repetir las palabras de Pablo: “juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en Él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe” (Flp 3,8-9).

También recibiremos los frutos del Espíritu en nuestra vida (Gal 5,22-23) y descubriremos los dones o carismas, que son las manifestaciones del Espíritu (1 Cor 12).

Jesús nos habló acerca de las señales que acompañarían a los que crean: “Éstas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien” (Mc 16,17-18).

Esta fue la gran comisión que nos encargó a sus seguidores: “Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis” (Mt 10,7-8).

Debemos buscar por encima de todo el amor, pero sin dejar de aspirar a los dones espirituales (1 Cor 14,1-5; 14,39-40).

En este capítulo no podemos olvidar que el mismo Jesucristo fue acusado de curar y expulsar demonios de parte de Satanás (Mc 3,22-30), cuando en realidad era por medio del Espíritu Santo de Dios que llevó a cabo su misión.

Él mismo nos anunció que todo aquel que crea en Él, hará también las mismas obras que Él y aún mayores (Jn 14,12). Por tanto, la Palabra de Dios es la que nos muestra que no han cesado los dones milagrosos del Espíritu Santo (Lc 9,1; 1 Cor 12,9-10; 12,28-30; Hb 2,4; Mt 10,8; Hch 2,43; 5,12-16; 14,3) como enseñan los Testigos de Jehová, y hoy continúan en vigor en la Iglesia con el objetivo de hacer avanzar el Reino de Dios entre los hombres.

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La Iglesia y la comunidad cristiana

Los Testigos de Jehová dicen que la Iglesia está compuesta exclusivamente por los 144.000 destinados al Cielo; sin embargo, la Iglesia es la comunidad de los seguidores de Cristo y la congregación de los cristianos. Podríamos traer los 94 textos del Nuevo Testamento en los que se habla de “iglesia” o “las iglesias”, que designan siempre a todos los cristianos sin distinciones ni limitaciones.

Hch 15,4: “Llegados a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia y por los apóstoles y presbíteros”. “Recorrió Siria y Cilicia consolidando las Iglesias” (versículo 41). Ahí están todos los creyentes. Si Pablo tuviera en mente un pequeño grupo, hablaría exclusivamente de la “iglesia”, ese pequeño grupo, nunca de las “iglesias”, y distinguiría de algún modo a los 144.000 privilegiados. Por eso los Testigos de Jehová no hablan de las Iglesias.

1 Cor 16,19: “Las Iglesias de Asia os saludan. Os envían muchos saludos Aquila y Prisca en el Señor, junto con la Iglesia que se reúne en su casa”.

Tampoco la Iglesia primitiva hace distinción alguna de miembros y miembros. Todos son lo mismo de cristianos y forman la misma Iglesia, aunque entre ellos exista diversidad de ministerios.

El fundamento de la Iglesia es Jesucristo, la única piedra angular base (Mt 21,4; 1 Cor 3,11). De esta manera, la Iglesia de Jesucristo es una, debido a su origen en la unidad de un solo Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y una debido a su único fundador que es Cristo; santa, porque sus miembros son llamados santos (Hch 9,13; 1 Cor 6,1; 16,1) y porque goza de la Vida de Dios aunque sus miembros sean pecadores; católica, porque es universal al estar Cristo presente en ella y siendo enviada por Él en misión a la totalidad del género humano (Mt 28,19); apostólica, porque también está fundada sobre los apóstoles como fundamento de edificación (Ef 2,20; Hch 21,14) y porque Cristo, después de su resurrección, la entregó a Pedro para que la pastoreara (Mt 16,18; Jn 1,42; 21,17; Lc 22,31-32; Gal 1,18) junto con los demás apóstoles y la gobernara a lo largo de los siglos por el sucesor de Pedro y sus pastores.

La Iglesia de los primeros siglos cree en la primacía del sucesor de Pedro. La necesidad de una autoridad doctrinal es algo indiscutible. El mismo hecho de la existencia de las sectas se debe a la arbitraria interpretación de las Escrituras. Donde no existe esa autoridad doctrinal, se está a merced de los iluminados del momento. Es falso que la primacía del sucesor de Pedro sea un invento tardío a partir de Constantino, lo contradice claramente la historia.

San Clemente Romano del siglo I, discípulo de los apóstoles Pedro y Pablo en Roma, muy querido en la antigüedad, escribió hacia el año 95 como Obispo de Roma una carta notable y bastante larga a la Iglesia de Corinto para llevarle la paz perturbada por problemas internos de la Comunidad: “Todo esto, carísimos, os lo escribimos no solo para amonestaros a vosotros, sino también para recordárnoslo a nosotros mismos, pues hemos bajado a la misma arena y tenemos el mismo combate” (PP. Apostólicos, página 183). “Vosotros, los que fuisteis causa de que estallara la sedición, someteos a vuestros ancianos y corregios para penitencia, doblando las rodillas de vuestro corazón. Aprended a someteros…” (Ib 230). “Si algunos desobedecieren a las amonestaciones que por nuestro medio os ha dirigido Él mismo (Jesucristo), sepan que son reos de no pequeño pecado y se exponen a grave peligro. Mas nosotros seremos inocentes de este pecado” (Ib 231). “Alegría y regocijo nos proporcionaréis si, obedeciendo a lo que os acabamos de escribir impulsados por el Espíritu Santo, cortáis de raíz la impía cólera de vuestra envidia, conforme a la súplica con que en esta carta hemos hecho por la paz y la concordia” (Ib 236). “Despachadnos con rapidez, en paz y alegría, a nuestros delegados Claudio Efebo, Valerio Bitón y Fortunato, a fin de que cuanto antes nos traigan la noticia de la suplicada y para nosotros anhelada paz y concordia y cuanto antes también nos alegremos de vuestro buen orden” (Ib 237). No parece dudoso que quien así escribe, “sabe” que tiene autoridad para hacerlo. Es el Obispo de Roma, que amonesta, corrige, envía delegados, exige obediencia en el Espíritu Santo. ¿No es esto la primacía sobre las Iglesias?

San Ignacio de Antioquia por el año 107 camino de Roma para ser arrojado a las fieras escribe a los Romanos una preciosa carta: “A la Iglesia que es amada y está iluminada por voluntad de aquel que ha querido todas las cosas que existen (…) Iglesia además que preside en la capital del territorio de los romanos; digna ella de Dios, digna de todo decoro, digna de toda bienaventuranza, digna de alabanza, digna de alcanzar cuanto desee, digna de toda santidad; y puesta a la cabeza de la caridad, seguidora que es de la ley de Cristo y adornada con el nombre de Dios” (PP. Apostólicos, página 474). Roma preside la caridad en la unidad de las Iglesias todas.

San Ireneo a mediados del siglo II: “Es necesario que toda la Iglesia esté de acuerdo con esta Iglesia (la de Roma) por su más notable principalidad” (propter potiorem principalitatem) (Adv haer III, 3 2). Y luego nos cuenta: “En el tercer lugar después de los Apóstoles hereda el episcopado Clemente, el cual había visto a los bienaventurados Apóstoles y tratado con ellos y conservaba todavía aposentada en sus oídos la predicación de los Apóstoles y su tradición ante los ojos” (…) En su pontificado “la Iglesia de Roma escribió una carta copiosísima a los corintios, demostrándoles la necesidad de la paz y renovando la fe de ellos y la tradición que la Iglesia romana acababa de recibir de los Apóstoles” (Adv haer III, 3 3 – PP. Apostólicos, página 102).

San Cipriano a mediados del siglo III: “Sobre él (Pedro) edifica la Iglesia y a él le manda apacentar las ovejas. Que, aunque otorgó el mismo poder a todos los apóstoles, constituyó una sola cátedra y dispuso así por su autoridad el origen y el fundamento de la unidad. Los demás eran lo mismo que fue Pedro, pero el primado se da a Pedro, mostrando así que no hay sino una iglesia y una cátedra. Todos son pastores, pero queda de manifiesto que se trata de una sola grey que es apacentada de acuerdo unánime por todos los apóstoles. Quien no se atenga a esta unidad de Pedro, sobre la que está fundada la iglesia, ¿todavía confiará en que está en la iglesia?” (De unitate 4 – Patrología BAC, página 133).

No lo diríamos hoy mejor nosotros. La idea del primado de Pedro no es invento del siglo IV, sino que de Jesucristo mismo se origina.

La Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios (1 Pe 2,9), el Cuerpo de Cristo (Jn 15,4-5; 6,56) y Templo del Espíritu Santo (2 Cor 6,16; 1 Cor 3,16-17; Ef 2,21).

En cuanto a la unidad de los cristianos y el ecumenismo, los Testigos de Jehová rechazan toda colaboración a favor de la unidad de los cristianos a pesar de que Jesús insistía en pedir la unidad de todos sus discípulos para que el mundo creyera que Él había sido enviado por Dios (Jn 17,21).

Citan textos, en los que la Biblia pide a los fieles que se resguarden de los pueblos paganos, como medida de precaución: 2 Cor 6,14-17; 11,13-15; Gal 5,9; Dt 7,1-5. Is 48,17-20, que habla de la vuelta del destierro de Babilonia, y se fijan en esta expresión: “¡Salid de Babilonia!”. Eso lo repetirán como estribillo condenatorio de las religiones, especialmente el catolicismo. No citan lo que sigue: “¡Huid de los caldeos! Anunciad con voz de júbilo, hacedlo saber, proclamad hasta el extremo de la tierra, decid: Yahveh ha rescatado a su siervo Jacob”. El profeta se refiere a la liberación de los deportados a Babilonia, y se les invita a dejar la tierra donde se han visto privados de su libertad. El texto no es religioso, sino político.

Pero ellos nos lo aplican a nosotros, que quedamos proscritos, y tenemos que ser rechazados y combatidos. Se debe obedecer a Dios que manda “salirse de entre ellos”, ningún trato con los que profesan la “religión falsa”.

Según los Testigos de Jehová Apocalipsis 17 y 18, que habla de la gran Babilonia, se refiere al imperio mundial de la religión falsa y especialmente la Cristiandad. La interpretación correcta es que Babilonia la grande se refiere a Roma pagana, la perseguidora de los cristianos y los secuaces de Satanás. Ap 17,18 asegura que la mujer descrita es “la gran ciudad, la que tiene la soberanía sobre los reyes de la tierra”; es decir, Roma imperial.

En cuanto al Bautismo y la Eucaristía o Cena del Señor, hay que decir que el Bautismo cristiano supone un cambio radical interior (Hch 2,38; Mt 3,11; 28,19; Gal 3,27; Tt 3,5) y no simple dedicación a Dios como enseñan los Testigos de Jehová. La imposición de manos se refiere al sacramento de la Confirmación; es decir, el Bautismo en el Espíritu Santo (Mt 3,11; Hch 8,15-17; 10,45; 19,5-6; Ef 4,30). Queda claro que todos los cristianos se bautizan, no unos cuantos; que el Bautismo perdona pecados, y que tanto el Bautismo en agua como la imposición de manos producen maravillosos cambios interiores en los creyentes por la fuerza del Espíritu Santo.

La Eucaristía o Cena del Señor fue establecida por Jesús la noche en que fue entregado (Mt 26,17-28; 1 Cor 11,23-27), en la que el pan y el vino son el cuerpo y la sangre de Cristo (Jn 6,51-55; Mt 26,26-28; Lc 22,19-20; 1 Cor 11,24-25). La Iglesia primitiva celebraba la Eucaristía o la fracción del pan y lo hacía en domingo (Hch 2,42; 20,7), el primer día de la semana y lo ha continuado haciendo a lo largo de los siglos como memorial de la muerte y resurrección de Jesucristo, según nos indica la Palabra de Dios (1 Cor 11,26), hasta su vuelta al final de los tiempos.

En la Eucaristía es renovado y ofrecido el único sacrificio de Cristo (Rom 6,10; Hb 9,26-28) para el perdón de los pecados (Mt 26,28), que se actualiza en cada celebración (Lc 22,19). En 1 Cor 10,16-18 leemos: “La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan. Fijaos en el Israel según la carne. Los que comen de las víctimas ¿no están acaso en comunión con el altar?”. De la misma manera están en comunión con el altar del sacrificio los que comen del cuerpo y beben de la sangre del Señor.

La Eucaristía significa y realiza la comunión de vida con Dios y la unidad del Pueblo de Dios; es acción de gracias a Dios en la que las palabras eucharistein (Lc 22,19; 1 Cor 11,24) y eulogein (Mt 26,26; Mc 14,22) recuerdan las bendiciones judías que proclaman, sobre todo durante la comida, las obras de Dios (la creación, la redención y la santificación); supone el envío de los creyentes (de aquí el nombre de Misa, missio) a la gran comisión (Mc 16,15; Mt 28,19-20) y expresa que nos unimos ya a la liturgia del Cielo, anticipando la vida eterna cuando Dios será todo en todos (1 Cor 15,18) y el banquete de bodas del Cordero (Ap 19,9) en la Jerusalén celestial.

El primer anuncio de la Eucaristía (Jn 6,48-58) dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la Pasión los escandalizó: “Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6,60). La Eucaristía y la cruz son piedras de escándalo. Es el mismo misterio y no cesa de ser ocasión de división. “¿También vosotros queréis marcharos?” (Jn 6,67): esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que solo Él tiene “palabras de vida eterna” (Jn 6,68), y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a Él mismo.

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La Biblia y la Tradición de la Iglesia

Los Testigos de Jehová afirman correctamente que la Biblia ha sido inspirada por Dios, aunque no dan ningún valor a la Tradición a pesar de estar recogida en la misma Palabra de Dios.

La Tradición se refiere a la transmisión ininterrumpida y viva que tiene su origen en Jesucristo y que se va comunicando por medio de los apóstoles, de unos discípulos a otros a través de los siglos. Transmite lo que los primeros cristianos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús, y lo que aprendieron por medio del Espíritu Santo.

La primera generación de cristianos no tenía aún un Nuevo Testamento escrito y el Nuevo Testamento mismo es el que atestigua el proceso de la tradición viva para todos los cristianos (2 Tes 2,15; 1 Cor 11,2; 2 Tim 2,2). Los mismos Evangelios fueron escritos a base de recoger las tradiciones orales de los apóstoles. Solo algunos de ellos escribieron Evangelios y alguna carta; en cambio todos predicaron la Buena Noticia de Jesucristo (Evangelio) y no tenían a mano el Nuevo Testamento, porque se fue componiendo poco a poco.

Jesús, que no escribió nada, les mandó a predicar y no a escribir o leer lo escrito (Mt 28,20). Para que se transmitiera sin error la Palabra de Dios, oral o escrita, Jesús instituyó el magisterio o la enseñanza de la Iglesia que se lleva a cabo en su Nombre por los pastores en comunión con el sucesor de Pedro y con la asistencia del Espíritu Santo. Así, los cristianos recordando la palabra de Cristo a sus apóstoles: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha; y el que a vosotros rechaza, a mí me rechaza” (Lc 10,16), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan de diferentes formas. Por tanto, el magisterio o la enseñanza de la Iglesia no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio. De esta manera, descubrimos la confianza que proporciona esta unidad en la interpretación de la Sagrada Escritura que se da en la Iglesia Católica, a diferencia de las distintas interpretaciones que han originado un sin fin de diferentes iglesias y denominaciones cristianas.

Cómo se fijó la lista de libros inspirados

El Antiguo Testamento. Vemos qué libros tenían los judíos por inspirados, y que, como tales, admitían los apóstoles según consta por las citas de sus escritos, esos libros tanto nosotros como los Testigos de Jehová los consideramos Palabra de Dios. Son los llamados protocanónicos de cuya inspiración nunca se dudó. Los deuterocanónicos son aquellos de los que por algún tiempo se dudó que fueran inspirados por Dios (Tobías, Judit, Baruc, Sabiduría, Eclesiástico, 1 y 2 Macabeos), y no consta que fueran admitidos en las comunidades judías como inspirados, aunque gozaban de gran consideración entre ellos.

En el Nuevo Testamento tampoco se citan esos libros, pero entre los padres apostólicos sí aparecen citados, y posteriormente con mayor profusión, concediéndoseles la misma autoridad que a los protocanónicos. Al fin se admitieron como inspirados. Los Testigos de Jehová no los admiten, y nosotros no los citamos en este trabajo. En realidad se admitan o no, nuestra fe en nada cambia.

El Nuevo Testamento. Recoge los libros escritos por los apóstoles, y los que se leían en las reuniones cristianas como inspirados por Dios. También tenemos algunos deuterocanónicos. El fragmento muratoriano, de hacia el año 200, trae la lista de libros del Nuevo Testamento para la Iglesia romana de la época. En él no se citan Hebreos, Santiago, 3 Juan, 1 y 2 Pedro. Orígenes a mediados del siglo III cita todos los libros del Nuevo Testamento, incluso los deuterocanónicos. No debe extrañar que en aquellas circunstancias, sin comunicaciones fluidas ni imprentas, la lista tardara en quedar definitivamente establecida. La duda pesó sobre todo acerca de Hebreos, Santiago, 2 Pedro, 2 y 3 Juan y Apocalipsis. Ya se ve que las vacilaciones sobre si admitir o no un libro, o parte de un libro, son grandes en cualquier época. Los 27 libros del Nuevo Testamento que figuran en nuestra Biblia, son también admitidos por los Testigos de Jehová. La tradición, y el magisterio o la enseñanza de la Iglesia que los sanciona, nos asegura a nosotros de su autenticidad. El concilio de Trento en el siglo XVI, apoyándose en ese tradición continuada, admitió definitivamente como libros inspirados tanto los protocanónicos como los deuterocanónicos.

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Otras enseñanzas

El nombre de Dios

Los Testigos de Jehová ponen mucho énfasis en “Jehová” como el nombre de Dios.

El Antiguo Testamento fue escrito originalmente en hebreo, una lengua que carece de vocales en su alfabeto. Para los hebreos, Dios no podía ser nombrado ya que el hecho de poner nombre a algo implicaba un dominio por parte del que impone el nombre. Así, en el Génesis se dice que Adán puso nombre a todas las criaturas vivas y las plantas. A la hora de referirse a Dios se empleaban títulos tales como “el Señor de los ejércitos” o “el que es”, significando Aquel que existe por sí mismo (sin haber sido creado ni deber a nadie su existencia).

En hebreo “el que es” se escribía Y-H-V-H (se usa la H para representar el signo álef, que tiene un sonido mudo). La pronunciación más acertada de YHVH es “Yahveh” (de ahí “aleluya” = “hal-lelu-yah” = “gloria a Dios”). Se llama el Tetragrámaton porque tiene cuatro letras y los judíos por respeto no lo pronunciaban desde algunos siglos antes de Jesucristo, y donde la Biblia ponía el nombre de Dios, leían Adonai (“Señor”).

Teodoreto del siglo V testifica que, aunque los judíos no pronunciaban el nombre de Dios, los samaritanos pronunciaban “IABE” o “IABAI” (los griegos no tienen el signo “v”), y es cosa conocida que los samaritanos rechazaron toda evolución religiosa. De modo que ésa era probablemente la pronunciación más correcta. Los setenta traductores de la Biblia al griego entre los siglos III y II a.C. no escribían el Tetragrámaton, sino Adonai.

En el Nuevo Testamento descubrimos que Jesús no publicó el nombre personal de Dios en ningún momento. Dirigiéndose a Dios usa 170 veces la palabra Padre (Jn 10,25; 5,43) y por eso casi tendríamos que decir que para Jesús ése es el nombre de Dios: “PADRE”. En la oración que Jesús nos enseñó, las primeras palabras son: “Padre nuestro…” y no “Yahveh nuestro…”.

Según lo transmitido por el Evangelio, Jesús tuvo que pronunciar el nombre de Dios unas 15 veces y ese nombre en los Evangelios es “Señor”; dirigiéndose directamente a Dios, dos veces le llama Señor (Mc 13,20 y Lc 20,37). Por mucho que los Testigos de Jehová quisieran copiar el nombre de “Jehová” donde Jesús le llama “Señor” solo tendrían esas dos oportunidades de hacerlo.

Tenemos un texto griego del Nuevo Testamento que nunca trae el nombre de Jehová, sino que en su lugar pone Kyrios (“Señor”). Si en un códice de los Setenta ha aparecido algún fragmento que tenga escrito el Tetragrámaton, no supone que los autores del Nuevo Testamento lo pusieran también. De hecho los escritos griegos cristianos primitivos no canónicos a partir del siglo I cuando citan la Biblia, siempre usan la palabra “Señor” para el nombre de Dios. Ahí están La Didajé, San Clemente Romano, San Ignacio de Antioquia, y todos sin excepción en todos los siglos.

Sin embargo, el Nuevo Testamento sí resalta un nombre: JESÚS. Todo el Nuevo Testamento está lleno del Nombre admirable de Jesús. Los demonios son expulsados en su nombre (Mt 7,22; Mc 16,17; Lc 10,17; Hch 16,18); quien recibe a un niño en su nombre, le recibe a Él (Mt 18,5; Mc 9,37s; Lc 9,48); los que dejen casa, hijos… por causa de su nombre, heredarán la vida eterna (Mt 24,9; Jn 20,31); los discípulos serán odiados por su nombre (Mc 13,13; Lc 21,12; Jn 15,21; Hch 5,41; 1 Pe 4,14); en su nombre se predicará el perdón de los pecados (Lc 24,47; Hch 10,43); el que cree en el nombre del Hijo unigénito de Dios es justificado (Jn 3,18); lo que se pida en su nombre, Jesús lo hará para que el Padre sea glorificado (Jn 14,13s; 16,23s); en el nombre de Jesús el Padre envía el Espíritu Santo (Jn 14,26; 15,16); los que creen en su nombre (que es creer en Él), quedan hechos hijos de Dios (Jn 1,12; 2,23). También aquí, honrar el Nombre de Jesús es honrarlo a Él, no solo pronunciarlo.

En los escritos de los apóstoles el nombre que irrumpe como catarata es el nombre de Jesús. Pedro cura al paralítico en nombre de Jesucristo el Nazareo (Hch 3,6), y recalca que ha sido curado “por su nombre y no por otro alguno”. “Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4,10s). “…Felipe que anunciaba la Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo…” (Hch 8,12). Pablo es recomendado a los apóstoles por haber predicado con valentía en el nombre de Jesús (Hch 9,27). En Efeso por intervención de Pablo “fue glorificado el nombre del Señor Jesús” (Hch 19,17). Recibió la gracia del apostolado para predicar a “gloria de su nombre” (Rom 1,5). Conjura por el nombre de Jesucristo a que todos tengan un mismo sentir (1 Cor 1,10; 2 Cor 5,20). “…habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6,11). Todo cuanto se haga, ha de hacerse en el nombre del Señor Jesús (Col 3,17).

Flp 2,6-11: “Dios le exaltó y le otorgó el NOMBRE que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos”.

¿Murió Jesús en una cruz?

La historia nos dice que la cruz es de origen persa y que se usó mucho entre los romanos. Cicerón la considera el tormento más cruel y abominable, por eso no se aplicaba contra los ciudadanos romanos. No se sabe por qué un día Rutherford contra la evidencia histórica sentenció que Jesús no había muerto en una cruz, sino en un palo. Nada valen aquí las disquisiciones teológicas, es una cuestión de hecho, preguntamos a la historia, y no confusamente nos evidencia que Jesús murió en una cruz. Los Testigos de Jehová no pueden aducir ni una sola prueba histórica que avale lo contrario, no existe tal prueba, y no comprendemos cómo los Testigos de Jehová cultos, no se revuelven contra este atentado burdo a la inteligencia.

Reflexionan más o menos así: “La cruz es un símbolo babilónico; es así que Jesús estaría en contra de la religión babilónica y sus símbolos; luego, Jesús no murió en una cruz, sino en un palo”.

Disparate mayor no es fácil encontrar. Primero preconciben el hecho, y después perpetran una monstruosa falsificación; la palabra griega staurós usada en el Nuevo Testamento y que significa “cruz”, la convierten en “madero de tormento”. A partir de ahí, ¡sostenella y no enmendalla! Es como una pesadilla intentar demostrar que cuando los escritores sagrados dicen “cruz”, quieren decir “cruz”.

Staurós, cruz, aparece en el Nuevo Testamento 29 veces y xylon, madero, 5 veces: Gal 3,13 (ver Dt 21,23); Hch 5,30; 10,39; 13,29; 1 Pe 2,24, citando a Is 53. Crucificar, crucificado, etc, se dice 48 veces. En total son 77 las veces que se dice “cruz” o alguno de sus derivados. Todas las Biblias incluso la de los Testigos de Jehová traducen bien la palabra xylon, madero, en cambio falsean descaradamente la traducción de staurós poniendo “madero de tormento”; el “de tormento” no se sabe por qué lo añaden. Un diccionario griego dará para staurós los significados siguientes: estaca para empalizada, empalizada, instrumento de suplicio, palo, cruz, madero. De palabras de raíz semejante se deduce que la idea originaria es palo que se clava, pero de hecho se aplicó a la “cruz”. Por eso stauroeidés significa “semejante a una cruz”; staurótipos: que lleva el signo de la cruz; staurofóros: que lleva una cruz; staúrosis: acción de cerrar empalizadas, crucifixión. Son todas las acepciones del diccionario y no hay otras. Para el verbo stauróo encontramos: levantar una empalizada; clavar estacas; poner en cruz; crucificar. Nunca significa “clavar en un madero de tormento”, sí significa “clavar estacas en el suelo” y “clavar a uno en una cruz”. Al querer forzar la traducción para que signifique lo que ellos han decidido, se encuentra uno con esta perla, el “crucifícale” “crucifícale” de los Evangelios queda así: “¡Al madero con él! ¡Al madero con él!”. Si fueran lógicos, deberían traducir: “¡Fíjale al madero! ¡Fíjale al madero!”. Les pareció demasiado.

En latín tampoco hay ni sombra de duda. Crux no significa más que “cruz” y así es como traducen las primeras versiones de la Biblia al latín. “Crucificar” se decía cruci figere (clavar en cruz) o equivalente.

Los Testigos de Jehová pasaron de exaltar más que nadie la cruz de Cristo a odiar esa misma cruz, al principio reconocían la muerte en cruz de Jesús como todos los cristianos, pero sin saber por qué Rutherford niega la historia y decreta que Jesús no murió en una cruz, ¡en un madero de tormento es donde murió! Falsea la Biblia, la historia, los textos griegos, Atila redivivo. Ese atropello lo pasaron también a su traducción del Nuevo Mundo de las Sagradas Escrituras, actualmente en vigor. Necesitaban “su” Biblia con “sus” correcciones, y la hicieron.

En tiempos de Russell y primera época de Rutherford, ilustran sus publicaciones con representaciones de la cruz, de Jesús crucificado, hablan de la cruz de Cristo con naturalidad y entusiasmo, la cruz precio del rescate: “Los que fueron mordidos por las serpientes miraban la que Moisés había hecho y obtuvieron alivio (…) Dios ha provisto para la humanidad mordida y moribunda, alivio y vida por medio de la crucifixión del Salvador” (La Creación, 1915, página 34).

Russell murió sin enterarse de que eso era falso, y muchos Testigos de Jehová corrientes de hoy ignoran que en ése como en otros muchos puntos dieron el cambiazo. Así en el “Anuario”, 1957, página 38: “Escribe Russell: ‘Por eso entendí que era la voluntad del Señor que yo empezara otra revista, en la cual se sostuviera en alto el estandarte de la Cruz, se defendiera la doctrina del Rescate, y se proclamaran las Buenas Nuevas de gran Gozo tan extensamente como fuera posible’”. Y en la página 148 explican los cambios: “El adelanto en el conocimiento de la Palabra de Dios (así justifican sus cambios) produjo otros ajustes en el pensamiento cristiano. (…) Otro cambio en punto de vista tuvo que ver con el símbolo de la ‘cruz y la corona’, que apareció en la cubierta de The Watch Tower (La Atalaya) desde el número de enero de 1891. De hecho, por años muchos Estudiantes de la Biblia usaron un broche de ese tipo. (…) Acerca de llevar los ‘broches de cruz y corona’ Lily R. Parnell comenta: ‘Esto, según lo que pensaba el hermano Rutherford, era babilónico y debería discontinuarse. Nos dijo que cuando íbamos a los hogares de la gente y empezábamos a hablar, eso (el broche con la cruz) era el testimonio en sí mismo’. En armonía con eso, al reflexionar sobre la Asamblea de 1928 de los Estudiantes de la Biblia en Detroit, Michigan, Grant Suiter escribe: ‘En la Asamblea se mostró que los emblemas de la cruz y la corona no solo eran innecesarios, sino también reprobables. Por eso nos deshicimos de estos artículos de joyería’” (…). “Unos años después el pueblo de Jehová aprendió ‘por primera vez’ que Jesucristo no murió en una cruz” (¡increíble!).

Ahora dicen que la cruz es el símbolo pagano del dios del sol y que representa a Satanás (¿Qué ha hecho la religión para la humanidad?, 1953, página 354), después de que ellos mismos han exaltado la cruz durante años, y la han exhibido en sus publicaciones y en su ropa por medio de broches de joyería.

¿Cuál es la realidad de todo esto? ¿Qué hay detrás de todo esto?

Nos encontramos que son “enemigos de la cruz de Cristo” (Flp 3,18) y que “la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios” (1 Cor 1,18). Pablo se gloriaba de ella diciendo: “Dios me libre gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14) y él no quería saber otra cosa más que la cruz: “no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo y éste crucificado” (1 Cor 2,2).

La sangre

Es conocido que los Testigos de Jehová dicen que no tomar sangre es un mandato de Dios que está en la Biblia. Pero, ¿es verdad que existe ese mandamiento bíblico?

En el Antiguo Testamento se prohíbe comer la sangre de toda carne (Gen 9,4; Lev 17,14; Dt 12,23), derivado mayormente de las ordenanzas de la ley mosaica; sin embargo, es importante anotar que los cristianos no estamos bajo esa ley (Gal 3,13-26).

Jesús declara puros todos los alimentos (Mc 7,14-20); se nos anima a comer de todo (1 Cor 10,25; Hch 10,9-16) porque todo es puro (Rom 14,17-23); la comida no puede ser motivo de crítica (Col 2,16-23) y su prohibición será señal de falsos maestros (1 Tim 4,1-5).

En los comienzos de la Iglesia, los cristianos provenientes del judaísmo observaban esta prohibición (Hch 15,19-20) y se les pide también a los cristianos venidos del paganismo que observen un mínimo de prácticas legales para no herir a los judíos convertidos (Hch 15,22-29). Las cuatro prohibiciones que se mencionan se refieren a cuestiones éticas y rituales del judaísmo, cuya finalidad era facilitar la convivencia con los cristianos convertidos del judaísmo que continuaban practicando sus costumbres tradicionales.

Recordamos cómo Abraham, insobornable creyente, tuvo un hijo de la esclava como la cosa más natural. Eran otros tiempos, ya que el mismo Jesús corrigió preceptos antiguos perfeccionándolos.

Los antiguos israelitas pensaban que la sangre era el principio vital de los animales y de los seres humanos. Por lo tanto, la prohibición de comer carne sin desangrar era una forma de afirmar que la vida pertenece exclusivamente a Dios, que es el dador de toda vida. Hoy sabemos que la sangre puede ser cambiada a una persona sin que por ello deje de ser ella misma. En realidad, el precepto de los Hechos de los Apóstoles se fue diluyendo poco a poco hasta desaparecer.

Es lo que hizo Pablo con uno de los preceptos del decreto que prohibía comer “carne sacrificada a los ídolos”. Él no tiene inconveniente en comer de esa carne porque sabe que los ídolos son nada y lo ofrecido a ellos es como si nada. Los débiles en la fe sí creen que los ídolos son algo, y por eso dejan de comer carne inmolada. También puede uno abstenerse para no escandalizar a los débiles, pero no por prohibición de Dios. De su conducta se sigue que el decreto de los Hechos de los Apóstoles no tiene vigencia para quien entiende bien las cosas (1 Cor 8; 10). Si los Testigos de Jehová condenan al que recibe una transfusión de sangre por transgredir un mandato de Dios, tendrían que condenar a Pablo por la misma razón.

Por otra parte los Testigos de Jehová no guardan mandatos que da el Señor por medio del mismo Pablo. Él manda que la mujer que ora o profetiza, lo haga con la cabeza cubierta (1 Cor 11,5), y que las mujeres callen en la iglesia, en la reunión (1 Cor 14,34), y hacen bien porque las razones de Pablo ya no continúan hoy en vigor, debido a que hay preceptos que con el tiempo dejan de tener vigencia.

En cuanto a las transfusiones de sangre nada dice la Biblia y es legítimo pensar que no están prohibidas, porque las prohibiciones se entienden en su sentido estricto, no se amplían a capricho de los hombres. Los Testigos de Jehová proceden por sofismas al afirmar: “el tomar sangre en el cuerpo por la boca o ‘venas’ viola las leyes de Dios”. Esto es poco honrado, ya que no está enunciado como lo registra la Biblia y de esta manera se está jugando con la vida de las personas.

Enfatizan exageradamente los riesgos de recibir una transfusión, pero en éste como en otros campos los avances de la medicina son notables y sabemos que las transfusiones salvan vidas humanas por millones.

¿Por qué todas las confesiones cristianas y hasta los judíos más ortodoxos, quienes dependen de la Torah (ley) y la aman más que sus propias almas, no prohíben el uso médico de la sangre?

Si Gen 9,1-7 presenta un “pacto eterno”, obligatorio para toda la humanidad, ¿por qué Pablo recomendó la soltería, que claramente sería una violación del tercer elemento de este pacto: “Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra”?

¿Podemos nosotros escoger qué partes del pacto eterno debemos acatar? Si estas partes del pacto eterno no son obligatorias, ¿cómo podría ser un pacto eterno?

Jesús estaba dispuesto a efectuar milagros en sábado para salvar vidas, curar a los enfermos, tampoco Él condenó a la mujer con flujo de sangre por tocarle y hacerle “ceremonialmente impuro”. En su lugar, condenó a los fariseos por su visión legalista de la vida.

Como conclusión de este punto, podemos afirmar que el principio de Pablo nos muestra que lo realmente importante es hacerlo todo “por el Evangelio para ser partícipe del mismo” (1 Cor 9,19-23).

Las imágenes

Los Testigos de Jehová afirman que no se deben usar imágenes al adorar. Evidentemente solo a Dios hay que adorar, pero es una falsedad decir que los católicos adoran imágenes. Existen representaciones de Jesucristo como hombre que era, de la cruz en que fue muerto, de María y de santos de Dios que tratamos con el cariño con que un hijo guarda la fotografía de su madre o un esposo de su esposa, pero nunca adoramos un pedazo de madera o metal porque no somos tan necios.

Consultando una Historia del Arte nos encontramos con que ya a partir del siglo II existen representaciones notables de motivos religiosos como “El banquete eucarístico” de las catacumbas de Priscila, una de las representaciones cristianas más antiguas que nada tiene que ver con motivos idolátricos. En el siglo III aparece una pintura que representa quizás a la Virgen María y el Niño, una figura orante, el Buen Pastor,…

El mandamiento divino: “No te harás escultura alguna…”, implicaba la prohibición de toda representación de Dios por mano del hombre. El Deuteronomio lo explica así: “Puesto que no visteis figura alguna el día en que el Señor os habló en el Horeb de en medio del fuego, no vayáis a prevaricar y os hagáis alguna escultura de cualquier representación que sea…” (Dt 4,15-16). Quien se reveló a Israel es el Dios absolutamente Trascendente. “Él lo es todo”, pero al mismo tiempo “está por encima de todas sus obras” (Eclo 43,27-28).

Es la fuente de toda belleza creada. Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento Dios ordenó o permitió la institución de imágenes que conducirían simbólicamente a la salvación por el Verbo encarnado; la serpiente de bronce (Num 21,4-9; Jn 3,14-15), el arca de la Alianza y los querubines (Ex 25,10-12; 1 Re 6,23-28; 7,23-26). Tener imágenes no es contrario al primer mandamiento que proscribe los ídolos. El que admira una imagen, admira en ella la persona que en ella está representada. Nunca es una adoración, ya que solo corresponde a Dios.

¿Resucitó Jesús en su cuerpo humano?

Los Testigos de Jehová lo niegan y aquí encontramos otro importante punto de conexión con el ocultismo, ya que este concepto de negar la resurrección de Jesucristo y afirmar que su cuerpo fue desmaterializado es un claro concepto gnóstico (anticristiano) y no bíblico.

En su libro La verdad que lleva a Vida Eterna (1968), en la página 52, la Wachtower afirma que Jesús “se apareció visiblemente a sus discípulos varias veces, en cuerpos materializados”; pero según esto, en realidad era un espíritu celeste o cuerpo celestial y del Jesús humano no quedaba nada (según la Wachtower el alma no existe), era una persona distinta y no la de Jesús. Por lo tanto, Jesús no resucitó.

Pero en la Biblia sí que aparece Jesús en su propia carne: “Mirad mis manos y mis pies, soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies” (Lc 24,38-40). Luego, no era un espíritu celeste, sino el mismo hombre de antes con la misma carne y los mismos huesos. Y para que acabasen de creer que tenía cuerpo, se puso a comer con ellos (Lc 24,41-43).

Cabría preguntar a la Wachtower: entonces, ¿dónde fue a parar el cuerpo humano de Cristo? Rutherford lo explica en El Arpa de Dios (1921) en la página 115, afirmando que “el Señor lo ha preservado en alguna parte para exhibirlo al mundo durante la Edad Milenaria”. ¿No tendrá gracia eso de ir a ver durante la Edad Milenaria el cuerpo momificado que perteneció a Jesús? Posteriormente La Atalaya (15-04-54) en su página 229 en tiempo de Knorr corrige a Rutherford, afirmando que Dios había hecho que el cuerpo de Jesús desapareciera, fuera disuelto y fuera disgregado en los elementos de los cuales todos los cuerpos humanos son hechos. En El propósito de Dios (1975), en la página 154, dice la Wachtower: “Dios aceptó el sacrificio de la naturaleza humana de Jesús y se deshizo del cuerpo humano de Jesús. ¿Cómo? No sabemos”.

Eso les pasa siempre, pero se creen que saben y por eso mismo tienen mayor culpa. Llegan incluso al ridículo, con tal de no abandonar sus prejuicios y sus vinculaciones con el gnosticismo que se propagó del siglo II en adelante.