Nuestra vocación humana (11/2016)

En la escuela se definía al ser humano como “animal racional” y se decía que el hombre, como animal racional, es el ser supremo de la creación. La parte animal no es lo específico del hombre, ya que hay muchos animales que son superiores al hombre en este sentido (la fuerza del león, la vista del gato, el olfato del perro, etc.).

La parte racional del ser humano es lo específico y por ella es superior a los demás seres creados. Esta parte racional consiste en:

  • La inteligencia
  • La voluntad
  • La libertad

La inteligencia sirve para saber y entender lo bueno y lo malo; lo conveniente y lo inconveniente; lo que nos engrandece y lo que nos empequeñece; lo que nos hace felices y lo que nos hace desgraciados; etc. La inteligencia se ejercita mediante la reflexión. Es necesario diferenciar una persona inteligente de una persona intelectual; el intelectual aprende lo que otros le enseñan, el inteligente sabe lo que él mismo descubre mediante la reflexión.

La voluntad sirve para realizar lo que la inteligencia nos muestra como bueno, conveniente, engrandecedor y portador de felicidad. También para rechazar lo que nos muestra como malo, inconveniente, empequeñecedor y portador de infelicidad. Aquí aparece el problema más profundo de ser humano: no usamos demasido bien la inteligencia y hacemos bastante mal uso de la voluntad. La gran mayoría de los fallos en nosotros no son fallos del “cristiano”, sino que son fallos del “ser humano”.

La libertad es lo más grande que el hombre y la mujer poseen. Por ella somos semejantes a Dios, el ser libre por antonomasia. Pero somos libres en la medida en que tenemos una inteligencia desarrollada y una voluntad firme. De lo contrario, somos esclavos por ignorancia y nos imponen los pensamientos o criterios, y somos esclavos por el dominio de las pasiones sobre la voluntad.

Necesitamos recomponer al ser humano ya que así es como arreglaremos el mundo en el que vivimos. Podemos comenzar por preguntarnos:

  • ¿Puedo descubrir realmente quién soy?
  • ¿Puedo ser mejor de lo que soy?
  • ¿Puedo ser más feliz de lo que soy?

Todas las personas queremos tener éxito de una forma u otra y deseamos ser felices. Sin embargo, se puede tener éxito en muchas cosas y fracasar en la vida; se puede triunfar en todo y no ser felices. Hay tres aspectos que motivan que no vivamos la felicidad que estamos llamados a descubrir:

1. La inconsciencia

Son inconscientes los que no han descubierto ni quiénes son, ni qué quieren ser, ni para qué hacen lo que hacen. Los que se conforman con existir o sobrevivir sin plantearse nada más, los que acumulan solo por tener y los que estudian solo para saber.

Por inconsciencia no escuchamos ni aceptamos la necesidad de amor de los que nos rodean, herimos a los que más queremos, descubrimos demasiado tarde que no cuidamos lo que teníamos, nos metemos donde no llegamos, decimos lo que no creemos y hacemos lo que no queremos.

Inconsciente es el que trabaja únicamente para poder seguir trabajando y para poder seguir con una vida casi sin sentido. El que permite que otros dirijan su vida y le digan lo que tiene que hacer, e incluso lo que tiene que pensar.

Cuando vivimos de esta manera no somos hombres y mujeres, porque no usamos como debiéramos esa facultad específicamente humana que es la inteligencia.

2. La insinceridad

La falta de sinceridad con nosotros mismos, con los demás y con Dios nos impide también ser felices en la vida.

La hipocresía hace que las personas dediquen más tiempo a aparentar que son eficaces, que saben y que tienen, que a ser eficaces, a saber más y a tener más. Así vemos personas que dedican más tiempo a parecer que son felices que a ser felices.

Muchas veces pretendemos dar una imagen exterior de nosotros mismos que es falsa, de manera que nadie pueda vernos tal y como somos en realidad. No somos felices porque vivimos en la mentira en lugar de caminar en la luz.

3. La insensatez

Somos insensatos cuando falta en nuestra vida una verdadera escala de valores. Normalmente, lo urgente no nos deja hacer lo importante.

La consecuencia de lo anterior es que no somos auténticamente libres. Podemos hacernos estas preguntas para ayudarnos en nuestro caminar diario:

  • ¿Somos personas de convicciones profundas? ¿Las he construído yo o me las dieron prefabricadas?
  • ¿Somos personas de decisiones firmes? ¿Las he decidido yo o las han decidido otros por mí?
  • ¿Somos personas de relaciones sólidas? ¿Aguantarían mis relaciones una sacudida, una quiebra, una calumnia?

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¿Quién soy yo?

Necesitamos redescubrir nuestra identidad para vivir la vocación humana a cabalidad. Soy hijo de Dios y he sido creado a su imagen y semejanza, con un propósito que me hace vivir una vida plena y llena de sentido. Mi inteligencia, voluntad y libertad son el fundamento sólido que me ayudarán a edificar mi vida con garantía.

“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.” (Mateo 3:17)

“Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco.” (Mateo 17:5)

El primer mandamiento no es amar, es dejarse amar. El mismo Jesús escuchó estas palabras en el momento de su bautismo en el Jordán y en el Tabor, antes de subir al Calvario. Se sabía amado por el Padre y esto fue lo que le mantuvo en la misión que le había sido encomendada.

El fracaso del ser humano es no amar; aquí está la raíz de todos los demás males. Nadie que no haya sido amado de verdad, es capaz de amar de verdad. Debemos dejarnos amar por Aquel que nos ama de verdad:

“Me amó y se entregó por mí.” (Gálatas 2:20)

Todo cambia cuando descubrimos que somos amados, cuando tenemos la certeza de ser amados; haya hecho lo que haya hecho, haya sucedido lo que haya sucedido, me hayan querido o me hayan maltratado. ¡Soy amado!

Mucha gente se sorprende al oir esto y reaccionan diciendo que solo habían escuchado acerca de un dios cruel que te está mirando con el dedo levantado, un dios indiferente a lo que tú le cuentas, un dios lejano, un dios concepto, antipático, ausente e impasible. Es mejor hacerse ateo de este dios porque este dios no existe.

El Dios de Jesucristo es amor, es bueno, es esclavo; te lava los pies. Es misericordioso, llora por ti, se alegra contigo. Es un Dios que respeta tu libertad, porque así te ha creado, que desea lo mejor para ti. Este es Dios y no se trata de religión, se trata de salvación y de una vida nueva que es para ti, aquí y ahora.

(Reunión: 10 de noviembre de 2016)