Invitación a la alegría

Muchos creyentes no están acostumbrados a imaginarse a Dios dando una gran fiesta. Parece como si estuviera en contradicción con la seriedad y la solemnidad con la que siempre se le ha relacionado. Pero cuando pensamos en la forma como Jesús describe el Reino de Dios, vemos que siempre hay un banquete. Jesús dice: “Vendrán muchos de oriente y de occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el banquete del Reino de los cielos” (Mt 8,11). Y compara el Reino de los cielos con un banquete de bodas que un rey ofrece a su hijo. Los criados del rey salen a llamar a los invitados (Mt 22,4) pero muchos no hicieron caso. Estaban demasiado ocupados con sus asuntos.

Igual que en la parábola del hijo pródigo, Jesús expresa aquí el gran deseo de su Padre de ofrecer a sus hijos un banquete y su ilusión por que se celebre, aunque haya algunos que rechacen su invitación. Esta invitación a comer es una invitación a intimar con Dios. Esto se ve especialmente claro en la Última Cena. Y al final del Nuevo Testamento, se describe la última victoria de Dios como un espléndido banquete de bodas: “¡Aleluya! El Señor Dios nuestro, el todopoderoso, ha comenzado a reinar. Alegrémonos, regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero… Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero” (Ap 19,6-9). La celebración es parte del Reino de Dios. Dios se alegra e invita a otros a que se alegren con Él. Dios no quiere guardarse la alegría para Él solo. Quiere compartirla con todo el mundo. La alegría de Dios es la alegría de sus ángeles y de sus santos; es la alegría de todos los que pertenecen al Reino.

Este no es un asunto privado, es algo que toda la familia tiene que celebrar. Es una cuestión importante porque, por raro que parezca, tiene que ver con mi resistencia a vivir una vida llena de alegría. Dios se alegra. No porque se hayan solucionado los problemas del mundo, no porque se hayan acabado la tristeza y el sufrimiento humano, no porque miles de personas se hayan convertido y estén ahora dándole gracias por su bondad. No. Dios se alegra porque uno de sus hijos que se había perdido ha sido encontrado. A lo que yo estoy llamado es a unirme a esa alegría. Es la alegría de Dios, no la alegría que ofrece el mundo.

Generalmente estamos preparados para recibir malas noticias, para leer noticias de guerra, violencia y crímenes, Y para ser testigo de conflictos y desórdenes. Siempre esperamos que los que nos encontramos por la vida nos cuenten sus problemas, sus contratiempos, sus desilusiones, sus depresiones y sus angustias. De alguna forma, nos hemos acostumbrado a vivir con la tristeza y nuestros ojos ya no están sensibilizados para ver la alegría y nuestros oídos para oír la dicha que pertenece a Dios, y que se encuentra en los rincones escondidos del mundo. Necesitamos ver, oír y hablar sobre los pequeños milagros de Dios de cada día.

Tengo que aprender a “robar” toda la alegría que haya disponible y hacérsela ver a los demás. Sí, ya sé que todo el mundo no se ha convertido aún, que todavía no ha llegado la paz a todas partes, que no se ha acabado con la tristeza, pero veo gente que regresa y vuelve a regresar a casa; oigo voces que rezan; observo momentos de perdón y soy testigo de muchos signos de esperanza. No tengo que esperar a que todo vaya bien, sino que puedo celebrar cada pequeño indicio que me dice que el Reino está muy cerca.

Esto exige una disciplina. Exige elegir la luz aun cuando haya mucha oscuridad que me dé miedo, elegir la vida aun cuando las fuerzas de la muerte estén tan a la vista, y elegir la verdad aun cuando esté rodeado de mentiras. Podemos tender a impresionarnos tanto por la tristeza innata a la condición humana que ya no reclamamos la alegría que se manifiesta en formas, muy pequeñas, pero auténticas. La recompensa por elegir la alegría es la propia alegría. Es cierto que hay muchos signos de desprecio, dolor y muchas heridas entre nosotros, pero una vez que eliges descubrir la alegría escondida en medio de tanto sufrimiento, la vida se convierte en una fiesta. La alegría no niega la tristeza, sino que la transforma en una tierra fértil para cultivar más alegría. Dios se alegra cuando un pecador arrepentido vuelve. Estadísticamente esto no es muy interesante, pero a Dios no parecen interesarle los números. ¿Quién sabe si el mundo no está destruido ya porque una, dos o tres personas han seguido orando cuando el resto de la humanidad ha perdido la esperanza?

Desde la perspectiva de Dios, un acto oculto de arrepentimiento, un pequeño gesto de generosidad, un momento de verdadero perdón es todo lo que se requiere para que se levante de su trono, corra hacia su hijo y llene el cielo de sonidos de alegría divina.

No sin tristeza

Si éste es el camino de Dios, entonces tenemos que trabajar por olvidarnos de todas las voces de muerte y condena que nos empujan a la depresión, y permitir que las pequeñas alegrías revelen la verdad sobre el mundo en el que vivimos. Cuando Jesús habla sobre el mundo es muy realista; habla de guerras, revoluciones, terremotos, plagas, hambres, persecución y encarcelamientos, traición, odios y asesinatos. No hay indicación alguna de que esos signos de la oscuridad del mundo estarán ausentes alguna vez. Pero aún así, podemos hacer nuestra la alegría de Dios en medio de todo ello. Es la alegría de pertenecer a la casa de Dios, cuyo amor es más fuerte que la muerte y que nos da el poder de permanecer en el mundo y participar desde ahora del Reino de la alegría.

Éste es el secreto de la alegría de los santos. La alegría ha sido el signo de los hombres y mujeres de Dios. Esa alegría puede verse en los rostros de mucha gente sencilla, pobre, que sufre y que vive en medio de una gran agitación económica y social, pero que todavía puede oír la música y los bailes en la casa del Padre. Han comprendido el significado de la verdadera alegría.

Es impresionante experimentar la diferencia tan enorme que hay entre el cinismo y la alegría. Los cínicos buscan la oscuridad allí donde van. Siempre señalan los peligros que acechan, los motivos impuros y los motivos ocultos. Llaman a la confianza ingenuidad, a la atención romanticismo, y al perdón sentimentalismo. Sonríen con desprecio ante el entusiasmo, ridiculizan el fervor espiritual y desprecian el comportamiento carismático. Se consideran realistas que ven la realidad tal y como es y que no se dejan engañar por las “emociones de evasión”. Pero al despreciar la alegría de Dios, su oscuridad provoca más oscuridad. La gente que ha llegado a conocer la alegría de Dios no rechaza la oscuridad, pero elige no vivir dentro de ella. Creen que la luz que brilla en la oscuridad puede dar más esperanza que la oscuridad, y que un poco de luz puede disipar mucha oscuridad.

En cada momento de cada día, tenemos la oportunidad de optar por el cinismo o la alegría. Cada pensamiento que tenemos puede ser cínico o alegre. Cada palabra que pronunciamos puede ser cínica o alegre. Cada acto que realizamos puede ser cínico o alegre. Debemos ser más conscientes de estas opciones, y descubrir que cada opción por la alegría nos lleva a una alegría mayor, y nos ofrece más razones para hacer de la vida una verdadera fiesta en la casa del Padre. En nuestro mundo, alegría y tristeza se excluyen. Aquí abajo, alegría significa ausencia de tristeza y tristeza ausencia de alegría. Pero estas distinciones no existen en Dios. Jesús es el hombre de las tristezas, pero también el hombre de la alegría completa. La alegría de Jesús está vinculada a su condición de Hijo que está unido a su Padre, y esta alegría de Jesús y de su Padre se nos ofrece a nosotros (Jn 15,9-11).

Fuente: Henri J. M. Nouwen