El camino a la victoria

“La resurrección no fue la inversión de una derrota, sino la manifestación de una victoria” (Lesslie Newbigin)

La cruz no fue una derrota. Más bien, si tomamos conjuntamente la cruz y la resurrección, son la mayor victoria que se ha dado en la historia del mundo. Es una victoria que tiene unas implicaciones enormes para nuestras propias vidas, para la sociedad y para el futuro de este mundo.

La idea de “victoria” puede oler a orgullo e imperialismo. Por supuesto, hay que evitar el triunfalismo; pero la palabra “victoria” no es una palabra negativa en la Biblia ni en el Nuevo Testamento. La clave para comprender correctamente la palabra “victoria” es verla como un don que fue posible “por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:57). Esto significa que la respuesta apropiada no es el orgullo, sino el agradecimiento.

La victoria en nuestros corazones

La mayor batalla se da en nuestros corazones y nuestras mentes. Allí es donde se gana o se pierde la victoria. A Dios no solo le preocupan tus acciones y tus palabras, le interesa tu ser interior. Dios nos mira y examina, “sondea lo más íntimo de las entrañas” (Proverbios 20:27) y “juzga las intenciones” (21:2).

“Lámpara del Señor el espíritu humano: sondea lo más íntimo de las entrañas” (Proverbios 20:27). Necesitamos orar regularmente como lo hace el salmista: “Sondéame, oh Dios […] mira si mi camino se desvía” (Salmos 139:23-24). También nos ayuda orar así a la hora de encomendar a otras personas. Proverbios 20:27 es un versículo muy útil para el ministerio de intercesión cuando se ora por otras personas. Si alguien siente que está luchando con algo que no puede identificar, pide al Espíritu de Dios que escudriñe su corazón para revelarle si hay algún pecado con el que necesite lidiar.

Dios nunca da un sentimiento vago de culpa. Si el sentimiento de culpa viene del Espíritu Santo, revelará el pecado específico que necesita ser tratado. Si algo negativo viene a la mente, el arrepentimiento lleva al perdón por medio de Jesús. Después, pide que la “lámpara del Señor” brille de nuevo para revelar si hay alguna otra cosa que haya que tratar. Por la victoria de Jesús sobre el pecado y la cruz, allá donde hay arrepentimiento y fe en Jesucristo ya no puede haber ninguna condenación.

La victoria para un rey (o podríamos decir para un líder) viene por la “bondad y lealtad”: “la misericordia consolida su trono” (Proverbios 20:28). “El corazón del rey es una acequia que el Señor canaliza adonde quiere” (21:1). Dios tiene el control último del corazón del líder. Confía en esta promesa cuando ores por entrevistas de trabajo, asuntos con las autoridades, jueces o gobiernos. Afortunadamente, el corazón del líder está en las manos de Dios y Él lo dirige donde quiere.

El corazón es muy importante: “El hombre juzga recto su camino, pero el Señor pesa los corazones. Practicar el derecho y la justicia el Señor lo prefiere a los sacrificios” (Proverbios 21:2-3). Puesto que la victoria es un don de Dios, nunca debería llevar al orgullo: “Ojos altivos, corazón ambicioso; faro de los malvados es el pecado” (21:4).

La victoria sobre la muerte

Mucha gente cree que la muerte es el final. Creen que la muerte siempre es el final y que tiene la última palabra, que ésta tendrá la victoria final. No es así, declara el apóstol Pablo: “La muerte ha sido absorbida en la victoria” (1 Corintios 15:54). Desafía a la muerte: “¿Dónde está, muerte, tu victoria?” (15:55). Jesús, por medio de la cruz y la resurrección, ha derrotado al pecado, la culpa y la muerte. Como resultado, seremos resucitados un día incorruptibles e inmortales (cf. 15:53-54).

Hay tres cosas que puedes dar en respuesta a este fabuloso don de la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo:

  • Da gracias. En la cruz fue como si Jesús nos rodeara con sus brazos y recibiera el aguijón de la muerte por nosotros. Aún moriremos (si Jesús no regresa antes), pero para todo aquel que confía en Cristo, “el aguijón de la muerte” ha sido removido gracias a la cruz y la resurrección de Jesucristo (cf. 1 Corintios 15:56-57).
  • Entrégate a ti mismo. ¿Alguna vez te preguntas si lo que estás haciendo sirviendo al Señor en verdad sirve para algo? ¿Estás tentado de pensar que quizás todo sea una pérdida de tiempo y esfuerzos? Ten ánimo, tu “esfuerzo no será vano en el Señor” (15:58). Mantente en “la obra del Señor”, es la obra que el Señor te ha llamado a hacer. Entrégate por completo a aquello a lo que Dios te ha llamado. Por causa de la resurrección, puedes mantenerte firme y saber que tu trabajo en el Señor no es en vano.
  • Da dinero. Una parte de entregarte a ti mismo para el trabajo del Señor es por medio de la ofrenda de tu dinero (16:2). Aquí vemos una serie de principios de cómo se da cristianamente. Lo primero, es algo que corresponde al pueblo de Dios (16:1); es decir, a la Iglesia. Segundo, tendría que ser algo regular: “el primer día de la semana” (16:2). Tercero, todos (“cada uno de vosotros”, v.2) tendrían que participar en la ofrenda. Cuarto, tendría que ser proporcional a tus ingresos (cf. Deuteronomio 16:17): “lo que haya podido ahorrar” (16:2).

Fuente: Alpha International