Conversión económica

Es muy sano y necesario reconocer que el uso que le damos a nuestro tiempo y a nuestro dinero dice mucho acerca de nuestra identidad en Cristo y en su misión. Todo cambia en nuestra vida cuando tomamos conciencia de que no somos dueños de lo que tenemos, sino administradores de lo que Dios ha puesto en nuestras manos para servirle a Él, a su Reino y a los demás. Por eso, dime cómo usas los bienes del tiempo y del dinero en tu vida y te diré dónde está puesto tu corazón y cuál es el centro de tu existencia.

“El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera?” (Lucas 16,10-11)

La forma en la que manejamos nuestros recursos económicos es una clara expresión externa de nuestra condición espiritual interna. Si nuestra conversión no ha llegado al bolsillo, quizás no ha pasado por el corazón y por tanto no será auténtica todavía. Un porcentaje muy alto de creyentes gasta más de lo que gana y son más los que emplean una mayor cantidad de dinero en pagar intereses al banco que en ayudar a la Iglesia por medio de donativos, ofrendas y diezmos. Hoy más que nunca, necesitamos hombres y mujeres íntegros que saben hacer lo que se tiene que hacer, como se tiene que hacer y cuando se tiene que hacer. Cada cristiano y cada evangelizador está llamado a poner su corazón en el verdadero tesoro y a buscar el Reino de Dios sobre todo lo demás, sabiendo que el Señor se ocupa de nosotros y de todo lo nuestro.

“No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón […] Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero […] Buscad sobre todo el Reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura.” (Mateo 6:19-33)

La experiencia de la primera comunidad cristiana (cf. Hechos 2,44-45; 4,32-37) y de muchas otras en nuestro tiempo presente, nos dice que hoy tenemos una gran oportunidad de practicar la generosidad en la Iglesia con el propósito de invertir recursos en la evangelización. Mi propia experiencia personal de compartir una parte de mis ingresos mensuales durante más de 20 años, me permite manifestar con firmeza y profunda convicción que hoy necesitamos pequeños grupos y comunidades donde caminar y crecer como discípulos misioneros, dispuestos a poner en común nuestro tiempo y nuestros recursos (incluídos los económicos) como expresión de una opción prioritaria por Cristo y su Reino.

“Mirad: el que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará. Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama al que da con alegría” (2 Corintios 9:6)

Cuando cada uno de los creyentes se siente responsable de la marcha de la Iglesia y protagonista de la misión de ir y hacer discípulos (cf. Mateo 28,19-20), experimentará la libertad interior de poner en común sus bienes, aquello que le ha sido entregado para que lo administre con sabiduría en favor de la evangelización. Todos sabemos que no vamos a poder llevarnos esos bienes cuando nos toque partir de aquí; sin embargo, no son pocas las ocasiones en las que olvidamos que cada día tenemos una ocasión maravillosa de expresar nuestra generosidad, nuestra pasión por Dios y compasión por este mundo que tanto anhela y necesita su salvación.

“Sobre la colecta en favor de los santos, haced vosotros lo mismo que ordené a las iglesias de Galacia: que cada uno de vosotros aparte el primer día de la semana lo que haya podido ahorrar y que lo guarde; de este modo, no habrá que hacer colectas cuando yo vaya. Y cuando llegue yo, a los que vosotros hayáis elegido los enviaré con cartas para que lleven vuestro donativo a Jerusalén. Y si es conveniente que vaya también yo, irán conmigo.” (1 Corintios 16,1-4)

Apartar cada mes una cantidad o un porcentaje (un 10% por ejemplo) de nuestros ingresos siempre es un buen hábito y muy practicado en la Iglesia de todos los tiempos. El apóstol Pablo siempre estuvo muy agradecido a los cristianos de Filipos por la ayuda económica que le brindaron, llegando a decirles que su donativo era “suave olor, sacrificio aceptable y grato a Dios. En pago, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús.” (Filipenses 4,18-19).

Es cierto que ninguno de nosotros le puede ganar a Dios en generosidad, porque siempre es mucho más lo que recibimos que lo que podamos llegar a entregar. “El hombre generoso será bendecido” (Proverbios 22,9) y en comunidad siempre sucede que, al compartir, las penas se dividen y las alegrías se multiplican. Cuando somos generosos con Dios y con su obra, siempre salimos ganando y además descubrimos el gozo de servir al que es Soberano, Todopoderoso y digno de nuestra entrega.

Onofre Sousa